Por Victor Robi

 

Volvemos a jugar en una sala que, concierto tras concierto, se está convirtiendo en una segunda casa musical: la Wurlitzer Ballroom. Una de esas noches en las que el cartel prometía una evasión con aroma a desierto y acabó ofreciendo mucho más. La velada reunía, gracias a Red Sun Barcelona, a Softsun y Yawning Man, dos propuestas conectadas por la atmósfera pero distintas en su manera de entender el viaje sonoro.

Por cuestiones logísticas no pude acceder a la sala desde el inicio, aunque merece una mención la amabilidad y capacidad de resolución del equipo de la Wurlitzer, siempre atento y dispuesto a facilitar las cosas. Lo que pude presenciar de Softsun bastó para comprobar que su propuesta encajaba a la perfección como antesala de la noche. Frente a la intensidad instrumental que vendría después, el grupo apostó por un sonido más suave y envolvente, sostenido por una voz dulce y cercana que permitía que sus melodías se deslizaran con naturalidad entre el público. No buscaban la conquista inmediata, sino una seducción paciente, y lo consiguieron.

Pero cuando Yawning Man tomó el escenario todo cambió de escala. La legendaria formación californiana necesitó apenas unos minutos para meterse al público en el bolsillo. La experiencia es un grado y en ellos se percibe en cada movimiento, en cada pausa y en cada nota. Su sonido, sobrio y excepcional, desprende una confianza que sólo poseen las bandas capaces de decir mucho sin necesidad de artificios.

El concierto avanzó sin fisuras, convertido en un flujo continuo donde no hubo un solo momento de bajón. Yawning Man actuó como una auténtica apisonadora emocional, construyendo paisajes sonoros con una naturalidad asombrosa. Su stoner instrumental es técnico y preciso, pero nunca cae en el exhibicionismo; la intensidad aparece siempre en el momento justo, con cada nota ocupando exactamente el lugar que le corresponde.

Uno de los instantes más especiales de la noche llegó con la aparición de Sean Wheeler. Más que cantar, comenzó recitando, como si se tratara del predicador de un viejo western surgido en mitad del desierto. Su intervención aportó una dimensión nueva al concierto. Aquella música que nos había acompañado durante toda la velada adquiría ahora forma de palabra. Poco a poco, la instrumentación fue abrazando su discurso hasta desembocar en un momento mágico en el que voz y música parecieron fundirse en un único organismo. Durante unos minutos, el tiempo quedó suspendido y la atención de la sala quedó completamente eclipsada por lo que estaba sucediendo sobre las tablas.

Cuando uno piensa en el desierto suelen venir a la cabeza imágenes de cactus, dunas, oasis o caravanas. Si el desierto fuese música, probablemente sonaría como Yawning Man. Su capacidad para transmitir inmensidad, soledad, belleza y misterio sin necesidad de una sola palabra sigue siendo algo al alcance de muy pocos. Y haciendo uso del refranero español, quien no conoce a Dios a cualquier santo le reza. Porque después de presenciar una actuación así resulta fácil entender por qué tantas bandas han encontrado inspiración en su manera de concebir el rock desértico. Más que una exhibición de virtuosismo, Yawning Man ofreció una actuación llena de personalidad y buen gusto, dejando la sensación de haber asistido a una de esas noches que ayudan a comprender mejor el alcance y la influencia de su propuesta.