Fotos: Sergio García Lavilla / Crónica: Mercedes Márquez

 

Concierto perteneciente a la presentación del último disco de la cantante estadounidense Lera Lynn, que lleva por título Comic Book Cowboy (2025), que con más de quince años de trayectoria independiente a sus espaldas ha construido un catálogo ajeno a las modas superficiales y profundamente fiel a una identidad sonora inconfundible dentro del indie rock, folk noir y el art pop noir.

Aunque el gran público internacional tropezó con ella en 2015 gracias a la segunda temporada de la serie True Detective de HBO, encasillar a Lynn en aquel hito catódico sería un error de bulto. Su noveno trabajo de estudio, representa la culminación madura de ese aprendizaje acumulado. En el marco de la gira europea de presentación de este trabajo, su cita en Madrid se perfilaba no como un simple concierto, sino como una misa laica de acústica envolvente e intensidad subterránea.

La cita dentro del ciclo Mazo Madrid tenía a la Sala Clamores como escenario propicio, décadas de jazz, soul y R&B, recibían a la estadounidense en formato acústico en una sala que rozaba el lleno absoluto. La fila de seguidores se agolpaba en la puerta desde casi una hora antes de la apertura, con ganas de situarse lo más cerca posible del escenario.

A las nueve y media en punto, la silueta sobria de Lera Lynn apareció sobre el escenario, sin grandilocuencia ni saludos ensayados, la artista tomó su guitarra Fender Jaguar y rasgó los primeros acordes de Black River donde la densidad del tema inundó el recinto de inmediato, sumergiendo a la audiencia en una corriente oscura de frecuencias graves. Enlazó con el compa cadencioso de Drive y el primer gran hito de la noche, donde la mezcla entre la dulzura melódica y la tensión lírica sutil de Cherry Tree, hizo enmudecer a la sala.

La transición hacia Illusion y la posterior Cut + Burn mostró el perfil más roquero y afilado de la tejana. Siguieron temas más recientes como la urbana Cog in the Machine, la atmósfera tecnológica y extrañamente conmovedora de Digital You y la búsqueda existencial de What I’m Looking For mantuvieron el pulso del espectáculo en una cima de atención absoluta.

El formato en acústico le daba un toque más intimista a la noche, pese a la mala iluminación que se decidió aplicar a todo el concierto que deslució en parte la noche (poner una luz roja permanente con poca luz impedía apreciar a la cantante). La interactuación de Lera era continua, contándonos que era la primera vez en España y que le encantaba la comida y la bebida que había estado disfrutando durante unos días por nuestro país.

La sinuosa Shape Shifter devolvió el movimiento hipnótico a la escena, conectando de forma impecable con la conmovedora cotidianidad de Laundry, donde la voz de Lynn raspó el límite del susurro con una elegancia técnica envidiable. El tramo final arrancó con una de las grandes sorpresas de la noche, una cover de la gran Dolly Parton con Jolene, alejándola del tempo apresurado del country tradicional, ralentizada hasta convertirla en una súplica desesperada, fantasmal y cargada de un erotismo sombrío que puso la piel de gallina a los asistentes. Inmediatamente después, presentó en exclusiva Sad bitch, que nos pidió no grabar.

El ambiente se volvió festivo e impulsivo con What Is Love, antes de encarar el segundo giro de tuerca de la velada: una relectura magistral de Black Hole Sun, el himno grunge de Soundgarden. Despojada de la tormenta de guitarras de los noventa, la versión de Lynn resaltó la cualidad psicodélica y melancólica de la composición de Kurt Cobain y Chris Cornell, transformando el estribillo en una letanía hipnótica que fue coreada en murmullos por toda la sala.

Tras una breve retirada Lera Lynn regresó en soledad para un bis que muchos en la sala llevaban toda la noche esperando, los acordes de The Only Thing Worth Fighting For resonaron en la bóveda de Clamores con la solemnidad de un himno pagano, seguidos inmediatamente por la desolación sublime de My Least Favorite Life, ya con su compañero Todd Lombardo. Al apagar la última nota, un silencio rotundo de dos segundos antecedió a la explosión definitiva de aplausos. La sensación compartida era inequívoca habiendo asistido no solo a un concierto impecable de la americana, sino a una exhibición magistral de cómo la honestidad musical y la penumbra bien entendida pueden seguir conmoviendo hasta lo más profundo.