Fotos: Sergio García Lavilla / Crónica: Mercedes Márquez
El sudor, la electricidad estática y el acople sordo de unos amplificadores Marshall al límite de su capacidad térmica forman el hábitat natural de Ty Segall. El cantante californiano, figura incontestable de la marejada garage-rock, la psicodelia desértica y el lo-fi contemporáneo de los últimos quince años, está de gira presentando su último trabajo Chrome (2026) donde, con una duración de apenas 33 minutos, vuelve a encender los pedales fuzz al máximo sin perder el sentido de la melodía.
La gira de presentación de este álbum nos devolvía a la Sala Wagon, de la mano de The Holy Cobra Society, en una cita señalada en rojo por una parroquia de fieles dispuesta a sumergirse en una de las experiencias en directo más demoledoras del circuito internacional.
Con más de una docena de álbumes de estudio firmado bajo su propio nombre, además de un entramado indescifrable de proyectos paralelos (Fuzz, GØGGØS, Wasted Shirt, Ty Segall & White Fence), Segall representa la quintaesencia del artesano del fuzz.
La velada tenía como aperitivo a los No Peeling, banda de post-punk de Nottingham (Reino Unido) con influencias de garage, new wave y no wave, que a pesar de problemas de sonido que casi hacía imperceptible la voz de Sophie Diver. El universo sonoro de la banda se sitúa en la intersección dorada donde el egg punk contemporáneo se da la mano con el no wave neoyorquino y el legado más desquiciado de la new wave de finales de los setenta. Entre sus influencias más palpables resuenan los Devo, The B-52’s o los mismísimos Cardiacs. Casi una veintena de temas cortos y directos que amenizaron la espera a una sala que se iba llenando lentamente.
Pasadas las nueve de la noche, Ty Segall hizo acto de presencia con la sobriedad que le caracteriza. Sin grandilocuencias, ajustó la correa de su guitarra, miró fijamente a sus compañeros de banda y dio el pisotón definitivo al pedal de fuzz.
El estallido fue inmediato Feel abrió la velada con la violencia de un hachazo. No hubo margen para el calentamiento ni concesiones a la amabilidad, la batería golpeaba con la contundencia de un martillo hidráulico mientras Ty escupía los primeros versos con su característico registro agudo y rasgado. Sin pausa para tomar aire, la banda continuó con Hospital, donde el bajo marcaba una línea pulsante e hipnótica que vertebraba los golpes de distorsión, elevando la temperatura del recinto de forma exponencial. La triada inicial se completaba con Candy Sam que irrumpió con sus coros contagiosos pero envenenados, ofreciendo ese contraste tan propio de Segall entre la melodía pop sesentera y el muro de sonido proto-punk.
Un leve respiro dinámico llegó con Finger, uno de los temas más icónicos de su aclamado Melted, donde el comienzo acústico y melancólico duró apenas unos segundos antes de que la banda al completo dinamitara la estructura, convirtiendo la canción en un himno de garage furioso, donde los mosh pits abrieron un espacio considerable en el centro de la pista.
El concierto viró hacia terrenos más oscuros e instrumentales con Black Paint, Running to Nowhere y Let Go, donde la banda demostró una compenetración matemática. La transición entre la calma aparente y el caos desatado fue ejecutada y la aportación de los teclados y sintetizadores crearon una atmósfera de trance colectiva.
Con Glass, el concierto alcanzó uno de sus picos emocionales y sonoros, denso y obsesivo, avanzó sobre un ritmo inmutable mientras las guitarras tejían una maraña de acoples y distorsión modulada. El viraje hacia tonos más filosos llegó de la mano de Chrome, un latigazo de riff afilado que rescató la urgencia del punk más primario, mientras el público formaba un gran pogo y algún que otro crowd surfing.
El tramo final del concierto fue una exhibición de poderío y músculo rockero con Play Cowboys y la celebradísima Girlfriend, Imaginary Person, la tensión dramática de Separation y la furia desatada en She, con un solo de guitarra alargado que daba paso a la retirada de rigor de los bises.
El regreso al escenario para el bis no fue un trámite rutinario, sino un fin de fiesta volcánico y desenfadado. Ty Segall y su banda reaparecieron para encarar un medley histórico que condensó la historia del rock de garaje y la influencia directa en su sonido.
La secuencia comenzó con la delicadeza distorsionada de Oh Mary, que sirvió de mecha antes de enganchar con una acelerada y salvaje reinterpretación del Wild Thing de The Troggs, enlazada con el blues lisérgico con el ritmo cadencioso de L.A. Woman de The Doors, acelerando paulatinamente las pulsaciones del tema hasta estrellarlo de lleno contra la violencia proto-metalera de Cherry Red de Groundhogs. La amalgama de versiones y temas propios en este bis fue un auténtico festín de guitarras desbocadas, alargando a modo de sesión de Jazz improvisada el último tema con el público totalmente hipnotizado.
Cuando el último acople dejó de resonar y las luces de la sala se encendieron, la imagen era clara: un mar de rostros exhaustos, empapados en sudor y con los oídos pitando, pero con la sonrisa imborrable de quien acaba de presenciar un ejercicio de honestidad escénica incontestable.
Ty Segall volvió a demostrar en Madrid que no necesita artificios visuales para reinar sobre el escenario, simplemente con su guitarra, una banda formidable y gran directo es suficiente para desplegar todo su potente repertorio.




