Por Victor Robi

 

La sala Wurlitzer acogió este jueves una intensa velada organizada por Holy Cobra Society con tres propuestas muy diferentes, pero unidas por su capacidad para crecer sobre el escenario.

Los encargados de abrir la noche fueron Metalleg, que firmaron un concierto breve pero intenso. Su propuesta ganó fuerza en directo, donde las canciones sonaron más contundentes y convincentes que en estudio. Una descarga rápida y efectiva que dejó al público preparado para lo que vendría después.
Brower tomaron el relevo con una excelente demostración de rock clásico. El grupo neoyorquino encontró un encaje perfecto en la Wurlitzer gracias a una colección de canciones repletas de riffs pegadizos y melodías inmediatas. Temas como 69 Road, Train, Can’t Get Enough o Fallin’ fueron sucediéndose ante una sala cada vez más animada, mientras la banda acumulaba un cañonazo tras otro durante una actuación sin apenas fisuras. Entre los asistentes se encontraba también Mike Brandon, cantante de The Mystery Lights, atraído por una propuesta que confirmó que el repertorio de Brower funciona todavía mejor sobre un escenario que en disco.

La gran atracción de la noche llegó con Holy Wave. Desde el arranque, la banda texana sumergió a la Wurlitzer en una atmósfera casi mística que atrapó al público desde los primeros compases. Con la sala prácticamente llena, entre los asistentes pudieron verse a Carlos Elías y Barbosa, ambos miembros de Alcalá Norte, siguiendo atentamente una actuación que fue creciendo de manera constante.

Canción tras canción, Holy Wave fue construyendo un viaje psicodélico absorbente, apoyado en guitarras bañadas en fuzz, teclados hipnóticos y desarrollos instrumentales capaces de transportar a la sala a otra dimensión. El nivel se mantuvo siempre en lo más alto y el grupo fue mostrando todas las razones por las que está considerado una de las grandes referencias actuales del rock psicodélico. Especialmente brillantes estuvieron los numerosos momentos en los que el teclista asumió la voz principal, aportando nuevos matices a un sonido ya de por sí envolvente y expandiendo aún más el alcance de unas composiciones que parecían crecer sin límites sobre el escenario.
La celebración del cumpleaños de Julián, batería de la banda, aportó una nota cercana antes de una recta final sencillamente espectacular. Los bises remataron la actuación con otro par de cañonazos que terminaron de rendir a una sala entregada, después de más de una hora de música capaz de agitar cuerpo y mente a partes iguales.

Una noche que fue creciendo con cada concierto hasta desembocar en una exhibición mayúscula de Holy Wave, autores sin ninguna duda de uno de los conciertos del año en Madrid.