Crónica: María Simón
El pasado domingo, Madrid vivió por todo lo alto el tercer concierto de la histórica residencia europea de Shakira. Lo que la artista colombiana ha montado en el recinto es, sencillamente, una auténtica pasada. Desde el acceso, la infraestructura rozaba la perfección: una zona Disney tematizada con la película Zootrópolis (en la que participa la cantante), áreas de karaoke, puestos de purpurina y tatuajes, una biblioteca, un museo de la artista e incluso puntos estratégicos con crema solar gratuita.
La organización y la amabilidad del personal marcaron la diferencia, guiando a un público entregado que abarcaba todas las edades, nacionalidades, familias y grupos de amigos venidos de rincones de toda Europa. Con una imponente loba custodiando el horizonte y escenarios previos para calentar la voz, el ambiente ya era un festival en sí mismo. Entrar al estadio media hora antes fue coser y cantar: cero aglomeraciones y una señalización impecable.
Ya en el sitio, las pantallas gigantes proyectaban los videoclips de la de Barranquilla mientras los asistentes cantaban y bailaban a pleno pulmón, pensando que la energía se agotaría antes de empezar. Pero a las nueve menos cuarto en punto, el gran espectáculo dio comienzo. Para resumirlo en pocas palabras: una auténtica fantasía. Con más de una veintena de cambios de look perfectamente medidos —en los que incluso cambiaba el color del micrófono acorde a cada outfit—, el público no paraba de exclamar «¡No puede ser, cuándo se ha cambiado!». El culmen de esta magia ocurrió durante «Girl like me», cuando ante los ojos de miles de personas y como por arte de magia, cambió de ropa sin que nadie se enterara.
El repertorio fue un viaje intergeneracional: sonaron desde himnos míticos como «Las de la intuición» hasta un potentísimo remix acompañado de un despliegue de fuegos artificiales. Entre tanto, Shakira agradeció a Madrid y a los fans europeos su apoyo incondicional, recordando entre risas y orgullo una frase que le marcaron: ‘Shaki, con la cara que te fuiste y con la cara que volviste’. Proclamó con fuerza que ‘no hay nada como cuando una loba se reencuentra con su manada’, recreó escenas de «Te felicito» y desbordó talento demostrando que no solo domina el escenario con esos bailes de caderas tan hipnóticos —de esos imposibles de replicar, donde cada movimiento fluido parece desafiar las leyes de la física y la gravedad—, sino que también se atreve a tocar la guitarra, la armónica y la batería.
Los visuals eran absolutamente increíbles, acompañando a la perfección todas las coreografías y canciones, incluyendo imágenes muy íntimas como la loba cuidando de las crías que representaban a sus hijos y, más tarde, apareciendo ellos mismos en pantalla cantando con ella bajo la mirada de una mamá superorgullosa. Momentos como el paseo hacia el camerino durante «Chantaje», con una coreografía milimetrada captada por las cámaras, o la mención a los diez mandamientos de las lobas (recordando que no hay que pedir permiso para ser una misma ni competir con las de la especie), elevaron el mensaje de empoderamiento femenino. Citó a la escritora Isabel Allende y a otros autores/as durante su show y recordó que la vida recompensa de diversas formas y que las mujeres, tras cada caída, se levantan más sabias y fuertes, dejando caer de paso alguna que otra pullita que el público supo identificar al instante.
Cuando parecía que la noche no guardaba más sorpresas, llegó el instante más emotivo de la velada. Su gran amiga y compañera de carrera, Laura Pausini —quien le profesa una enorme admiración y con quien comparte tiempos de trayectoria y maternidad—, subió al escenario. Ambas interpretaron «Antología» agarradas de la mano, visiblemente emocionadas y desatando la complicidad de un estadio entero, secundadas por unas bailarinas que vivían el concierto desde dentro y que en alguna ocasión además de bailar, le hacían los coros a la cantante. Siguieron también «Te dejo Madrid”, «Suerte (Whenever, Wherever)», «Dai Dai», «Waka Waka (Esto es África)» y por supuesto «Loba».
Entre un despliegue pirotécnico deslumbrante y un último cambio de vestuario, sonó el tema que explotó con Bizarrap de las BZRP Music Sessions #53 y con el que juega para dar nombre a esta gira inolvidable: «Las mujeres ya no lloran». Con esa frase convertida en estandarte y la pirotecnia iluminando el cielo madrileño, se cerró una de las experiencias en directo más apoteósicas que se recuerdan. ¡Muchas gracias, Shakira, por este regalo para los sentidos!




