Crónica: Victor Robi
El concierto de Sprints del viernes en Madrid fue una demostración de resistencia, energía y carisma, una noche que empezó con dudas y terminó con la sala rendida a los pies de Karla Chubb. Desde el primer tema se percibió que algo no encajaba: el sonido estaba sorprendentemente bajo y a los instrumentos les faltaba la fuerza habitual, como si la banda estuviera tocando con el freno echado. Tras un par de canciones irregulares, la situación obligó a detener el directo para intentar solucionar los problemas técnicos. Ese parón, lejos de enfriar el ambiente, permitió que la oscuridad del tema que estaban interpretando regresara con más peso cuando retomaron, marcando el primer punto de giro de la noche.
A partir de ahí, el concierto comenzó a ganar temperatura. La banda encadenó un tramo más visceral y la locura empezó a prender entre el público. Fue entonces cuando Karla Chubb se erigió definitivamente como el centro gravitacional del directo: reinó sobre el escenario, hizo gritar a la sala y empujó la actuación hacia un terreno más físico y desatado. El primer gran estallido llegó con un auténtico melocotonazo heavy que cayó como una bomba y que, por fin, hizo vibrar la Galileo como debía haber ocurrido desde el principio.
Con el sonido ya más estable, la energía se disparó y en Up and Comer Chubb llamó explícitamente a un pogo, al que la sala respondió sin dudar. La vocalista, completamente entregada, se subió a las mesas para sudar con el público, borrando cualquier distancia entre escenario y sala. En Need volvió a meterse entre la multitud, esta vez para hacer que todos se agacharan al suelo antes de levantarlos de un salto en un estallido perfectamente sincronizado. La actitud gamberra continuó con la siguiente canción, y la versión de Deceptacon terminó de desatar el caos festivo, con Chubb cerrando de nuevo entre la gente.
La banda reservó también un espacio para la reivindicación. Karla Chubb habló de lo difícil que puede ser vivir siendo mujer o persona trans y compartió que, por primera vez, empezaban a sentirse músicos de pleno derecho y no artistas a tiempo parcial. Ese discurso, acompañado de un llamamiento a hacer ruido contra las injusticias, cargó de emoción el tramo final del concierto y dio un peso especial al tema que interpretaron a continuación.
La calma llegó con I Just Wanna Pretend, que sonó tremenda pese al contraste con la intensidad previa. El cierre encadenó Little Fix, I Suppose Medicated y How Do You Fix, con un último discurso intermedio y una nueva inmersión de Chubb entre el público antes de regresar al escenario como la reina indiscutible de la noche, coronada por la propia audiencia.
Lo que empezó como un concierto limitado por la técnica terminó convertido en una celebración colectiva. Sprints transformó un arranque incierto en una actuación feroz, impulsada por la entrega absoluta de su vocalista y por un público que acabó completamente entregado.





