Crónica: Victor Robi
La Wurlitzer Ballroom vivió anoche un concierto técnicamente notable, donde tanto Ampora como Karkara aprovecharon al máximo las posibilidades —y limitaciones— de una sala pequeña. Amposta abrieron con un sonido que remitía al rock estatal de los noventa, con riffs que evocaban a Platero y Tú y un fraseo más afilado que recordaba a Rosendo. La mezcla dejaba respirar cada instrumento: guitarras con saturación moderada, un bajo bien asentado en el rango medio‑grave y una batería precisa que marcaba dinámicas claras. Su actuación fue directa, sin artificios, pero con una ejecución sólida y una calidad incuestionable. Habrá que seguir de cerca los pasos de esta banda emergente, que probablemente deje de serlo muy pronto.
Tras un breve ajuste de sonido —y para sorpresa de muchos, con la presencia de un par de técnicos dedicados exclusivamente a perfilar su viaje sonoro—, Karkara entraron con Monoliths y un despliegue visual poco habitual en la Wurlitzer: pantallas y un diseño de luces sincronizado con los cambios de sección. Su propuesta exigía más al sistema de sonido, con capas de distorsión, efectos modulados y un bajo muy presente que requería un equilibrio fino para no saturar el espectro. Con The Chase llegaron los primeros pogos, señal de que la mezcla había alcanzado la presión adecuada sin perder definición. On Edge consolidó ese impulso, con unas guitarras que mantenían un grano reconocible incluso en los pasajes más densos y que recordaron por momentos a sus compatriotas Gondhawa.
El tramo central estuvo dominado por Moonshiner, interpretada en una versión extendida que permitió a la banda explorar texturas y crescendos progresivos. Las luces, en tonos fríos y movimientos lentos, reforzaban la sensación de viaje psicodélico, con un enfoque que remitía a los mejores momentos de King Gizzard & The Lizard Wizard. Anthropia funcionó como transición hacia el clímax final, manteniendo la tensión sin saturar la mezcla.
El punto álgido llegó con el melocotonazo All Is Dust, donde la voz del cantante, ligeramente por encima del muro instrumental, guiaba la intensidad del público. La sala entera se agitaba: pogos acompañados de gritos, gente surfeando y una energía que terminó contagiando a todos los presentes. La presión sonora alcanzó su máximo sin perder control, algo especialmente meritorio en un espacio tan reducido. Proxima Centaury cerró el concierto con un enfoque más atmosférico, devolviendo gradualmente la claridad a la mezcla y ofreciendo un final casi ceremonial.
El resultado fue un bolazo que demostró cómo dos bandas con propuestas muy distintas pueden aprovechar una sala pequeña para ofrecer un directo técnicamente cuidado y emocionalmente intenso. Una noche que confirma, una vez más, que el verdadero tesoro está a menudo en las bandas emergentes, como bien acostumbra a demostrar el Mad Psych Fest, cuyas próximas fechas no deberíais perderos.





