Fotos: Sergio García Lavilla / Crónica: Mercedes Márquez
Hablar de Ocean Colour Scene no es simplemente rememorar la dorada época del Britpop británico de mediados de los años noventa, es adentrarse en la espina dorsal del rock de guitarras de raíces. Nacidos en Birmingham en 1989 tras la fusión de dos bandas locales (The Boys y Mod Art), el cuarteto formado por Simon Fowler (voz y guitarra acústica), Steve Cradock (guitarra solista), Oscar Harrison (batería) y Damon Minchella (bajo, posteriormente reemplazado en el circuito de directo por Raymond Meade) encarnó como pocos el sonido más purista del working-class rock británico.
Frente al cinismo pop de Blur o la arrogancia desmedida de Oasis, Ocean Colour Scene prefirió moldear una identidad cimentada sobre el Soul de Stax, el Rhythm & Blues y la psicodelia setentera de The Who, Small Faces y Paul Weller. En 1996 publicaron Moseley Shoals, una obra maestra del rock clásico que despachó millones de copias impulsada por trallazos impepinables como The Riverboat Song y The Day We Caught the Train.
Dentro de la Gira Moseley Shoals 30th Anniversary (Houston Party y Fever! Productions) que los llevará por la península en 7 conciertos, La Riviera era la elegida para Madrid. Con un aforo abarrotado de veteranos del sonido noventero, seguidores vestidos con impecable estética mod y jóvenes curiosos deseosos de presenciar la magia de las guitarras británicas, el ambiente rozaba el punto de ebullición, con un Sold Out colgado hacía semanas.
La sala se iba llenando lentamente, aprovechando los últimos vestigios del verano, el público apuraba sus cervezas en el exterior, mientras los teloneros Banani hacían la espera más amena. El grupo catalán liderado por Bruno Banani nos mostró parte de su último trabajo basado en el garage sesentero y el pop melódico de grupos más recientes.
Cuando las luces se apagaron y la silueta de Simon Fowler, escoltado por Steve Cradock, Oscar Harrison y Raymond Meade, emergió bajo los focos, un rugido ensordecedor retumbó a orillas del Manzanares.
You’ve Got It Bad irrumpió con la precisión de un martillo hidráulico, con la guitarra de Cradock escupiendo distorsión mientras la sección rítmica marcaba un pulso contundente. Sin apenas pausa para coger aire, enlazaron con I Just Need Myself, demostrando que la madurez les ha otorgado una rotundidad sonora envidiable, cerrando el trio inicial con One for the Road, donde el público unió sus voces por primera vez en un coro masivo que anticipaba lo que estaba por venir.
El concierto viró hacia matices más evocadores cuando sonaron los acordes de The Circle, uno de los grandes himnos de Moseley Shoals, que puso a cantar a la sala entera, con Fowler sosteniendo el micro hacia la multitud mientras esbozaba una sonrisa de complicidad. Le siguieron Fleeting Mind. las atmósferas envolventes de July, la densidad psicodélica de It’s My Shadow y la tormenta de rock instrumental de Get Away donde Steve Cradock hizo gala de su estatus como uno de los guitarristas más finos y elegantes de su generación
La recta final del set principal comenzó con Lining Your Pockets con ese toque folk-rock maduro tan característico de su discografía tardía, sirviendo de puente perfecto hacia Better Day, cuyo estribillo luminoso provocó los primeros saltos masivos entre las primeras filas. Pero el verdadero clímax del tramo regular llegó con la dupla final. Get Blown Away erizó la piel de los asistentes con su crescendo dramático, para ceder el testigo a Travellers Tune, coreada con los brazos en alto por una sala completamente entregada.
Hundred Mile High City fue la encargada de cerrar en falso el concierto, a la espera de bises, acelerando las pulsaciones a base de funk-rock frenético, dejando el escenario en llamas y a la audiencia pidiendo más.
Simon Fowler se quedó solo en el escenario para, con su guitarra acústica, deleitarnos con una delicada versión desnuda de Robin Hood engarzada hábilmente con el fragmento de Live Forever de Oasis, rindiendo un sentido homenaje a la era dorada del Britpop.
A continuación, la banda al completo volvió a escena para interpretar la preciosa y nostálgica The Downstream, preparando el terreno para el esperado final. Lo que debía ser el estallido definitivo sufrió un inesperado giro cuando atacaron los primeros compases de The Riverboat Song, ya que justo cuando el mítico e indomable riff de apertura hacia vibrar los cimientos de la sala, la guitarra eléctrica de Steve Cradock sufrió un fallo técnico fulminante que dejó el sonido mudo. Fowler bromeó con las primeras filas mientras los técnicos solucionaban el problema y volvieron a la carga, con una explosión de adrenalina de un público totalmente entregado (pese a los habituales que hablan más que ven conciertos…no se a qué van).
Para cerrar una noche memorable, sonaron las notas inconfundibles de The Day We Caught the Train, devolviendo a los asistentes 30 años atrás cual retorno en el Delorean a una época donde todo se vivía en primera persona y no a través de las redes.
Un fin de fiesta majestuoso para un grupo que, lejos de vivirse como una mera pieza de museo, demostró en La Riviera que su pulso rockero, su honestidad analógica y sus canciones siguen tan vivos como el primer día. escenario.





