Fotos: Sergio García Lavilla / Crónica: Mercedes Márquez

 

Concierto presentación del segundo disco de la banda de Chicago, Brigitte Calls Me Baby, que lleva por título Irreversible (2026), donde la banda consolida la transición desde el revivalismo ochentero hacia una identidad propia más madura y conceptual, dentro de un viaje fascinante por la era dorada del new wave, el post-punk y el pop melodramático de los años 80.

El sonido de una época no muere, solo espera en la penumbra a que alguien vuelva a convocarlo con la urgencia y el glamour adecuados. El vocalista Wes Leavins, acompañado por los guitarristas Jack Fluegel y Trevor Lynch, el bajista Devin Wessels y el batería Jeremy Benshish, nos citaban en un Sold Out desde hacía días en la Sala Galileo Galilei dentro del Festival Son Estrella Galicia y el circuito Primavera Sound.

La elección de la Sala Galileo Galilei con su propuesta arquitectónica de aire clásico, sus mesas pequeñas y su atmósfera íntima, el recinto madrileño ofreció el contrapunto perfecto entre la sofisticación de un club de cabaret y la electricidad de un concierto de rock. El público, compuesto por una fascinante mezcla de nostálgicos de la década dorada del pop español e internacional y jóvenes devotos de las nuevas olas del rock alternativo, abarrotaba la sala con una expectación palpable.

La espera, mientras se iba llenando la sala, venía de la mano de Laura Katze, en un pop intimista que nos recordaba a artistas de otros tiempos como Cecilia, Mari Trini, Rosa León. Con una sala muy ruidosa no fue el escenario ideal para poder disfrutar de los temas de la madrileña, asumiendo la propia cantante que no eran quizás los teloneros adecuados para el grupo por el que la gente había llenado la sala (cumplió sin más…a la espera de verla en otro escenario más propicio).

Con las luces atenuándose hacia un azul profundo y el humo denso acariciando las tablas del escenario, la banda ocupó sus puestos bajo una ovación cerrada. La elegancia de su vestimenta, trajes oscuros, cortes impecables y una estética que parecía sacada de un videoclip grabado en VHS en 1985, anticipaba que no venían solo a tocar canciones, sino a ofrecer una experiencia performativa completa.

Arrancábamos con These Acts of Which We’re Designed, una pieza envolvente que sirvió como declaración formal de intenciones, donde Wes Leavins dio un paso hacia el micrófono y, con el primer verso, el recinto entero rompió a cantar con el grupo. Sin dar un solo segundo de tregua, Truth is Stranger Than Fiction, con las guitarras en arpegios cristalinos que recordaban inmediatamente a los mejores momentos de Johnny Marr, mientras la batería marcaba el paso. La melancolía de How to Ignore a Feeling cerraba la trilogía de inicio de la noche, con Leavins en falsetes desgarradores y notas graves impecables que hacía recordar al gran Morten Harket.

Con The Future Is Our Way Out, la sala entera estalló en aplausos desde los primeros compases, el tema sintetiza a la perfección el espíritu de la banda, con un estribillo monumental, guitarras cargadas de reverberación y una lírica que oscila entre la desesperación existencial y la búsqueda de redención

La energía tomó un cariz más oscuro y visceral con The Pit, cuya línea de bajo densa y marcante remite a la contundencia de Joy Division o Interpol. El viaje emocional continuó con There Always, pop brillante donde los teclados atmosféricos envolvieron la sala, seguida por la bellísima y nostálgica I Danced With Another Love in My Dream.

El tramo final del concierto fue una exhibición ininterrumpida de músculo compositivo e intensidad escénica, con I Can Take the Sun Out of the Sky resonó con una épica sobrecogedora, y fue uno de los instantes más ovacionados de la noche, dejando claro que el público estaba presenciando el crecimiento de una banda llamada a llenar recintos mucho mayores en un futuro cercano. I Wanna Die in The Suburbs, We Were Never Alive y la adictiva Too Easy, evidencian la enorme soltura de la banda para facturear melodías directas, adhesivas y llenas de garra.

El cierre formal del bloque principal llegó con Slumber Party, una interpretación cargada de matices folk-rock filtrados por el tamiz de la new wave, donde la guitarra acústica y las modulaciones de voz crearon una atmósfera íntima y reverencial.

Tras una breve retirada cerraron la noche por todo lo alto con y la fascinante Geordie, tema compuesto en apenas una hora durante una noche de octubre en Chicago, inspirados de forma espontánea por unas vocalizaciones de su bajista, Devin Wessels. La mezcla de rock guitarrero afilado y letras tiernas y melancólicas daba paso a Impressively Average, en una explosión deslumbrante de energía, elegancia y virtuosismo pop que hizo vibrar las paredes de la sala y dejó al público sumido en un estado de júbilo absoluto.

Cuando las luces de la Sala Galileo Galilei se encendieron definitivamente y el hilo musical de fondo devolvió a los asistentes a la realidad, la sensación compartida era clara, habíamos sido testigos de algo verdaderamente especial.

Brigitte Calls Me Baby no es simplemente un ejercicio de nostalgia ochentera ni un tributo acomodado a The Smiths o Echo & the Bunnymen, son una realidad vibrante del presente, un grupo capaz de agarrar los códigos más nobles del rock alternativo clásico y darles una inyección de vitalidad, frescura y garra contemporánea.

Wes Leavins demostró ser un frontman con el carisma necesario para liderar esta era del rescate analógico, donde Madrid fue testigo de una noche donde el pasado y el futuro del pop se