Anoche en el Movistar Arena de Madrid era momento de ajustar cuentas pendientes. Han tenido que pasar nada menos que catorce años desde que The Black Keys nos visitaron, también en el mismo Palacio de Deportes, en 2012. Vienen con motivo de su gira por Europa y América tras la publicación de su último disco Peaches!, en el que han vuelto a sus orígenes más profundos y cercanos al sonido blues del delta del Missisipi.
Cierto es que en 2023 nos visitaron en formato festival en Mad Cool, pero para los que valoran un concierto propio y completo, con su puesta de largo, escenario decorado para la ocasión, y tiempo necesario (más de dos horas estuvieron derrochando música), saben disfrutar este momento.
Y es que es precisamente este espacio tiempo el que permite darte cuenta que The Black Keys, además de una banda con muchísimos éxitos (más de los que a priori parecen) que el imaginario colectivo puede reproducir mentalmente sin mucho esfuerzo, es capaz de hacerte enamorar por el sonido propiamente dicho, y disfrutar canciones con un tono más íntimo, con pinceladas de soul y psicodelia, de una banda con mayúsculas respaldando a Dan y Patrick, y todo esto, sin parar de bailar como un poseído. Pero vamos por partes.
A las ocho en punto, con el aforo camino del lleno, el encargado de preparar a las masas fue Robert Finley. Robert y su banda nos deleitaron con temas de sus últimos discos, cuatro de ellos producidos por el propio Auerbach a través de su sello Easy Eye Sound.
Finley se metió al público en el bolsillo con su autenticidad. Tiene un chorro de voz capaz de mover montañas o hacerlas estremecer, según le convenga. Hace gala de saber proyectar su voz por su pasado como predicador, y agita las manos para hacernos entender su mensaje. Una energía atronadora de temas de soul y blues sureño, con una banda con un sonido cuidadísimo.
La media hora que duró se hizo corta, y se despidieron cantando su tema ‘Thank You’, con un Robert feliz y con los asistentes ya listos para lo que se nos venía encima (o eso pensábamos).
Pasadas las nueve, las luces cayeron y el rugido del pabellón dio la bienvenida a la banda. Escenario ambientado en un pequeño gran teatro, con cortinas y telones rojos carmesí y bombillas de luz cálida creaban un ambiente cercano y elegante, evocando tal vez a esas salas más pequeñas donde también les gusta hacerse querer.
The Black Keys sobre el escenario se apoyan en una magnífica banda, formada por los hermanos Gabbard al bajo y guitarra eléctrica, Ray Jacildo como teclista – armonicista y Chris St. Hilaire como percusionista y corista. A lo largo del concierto son innumerables veces las que destacan y se hacen valer como auténticos conocedores del sonido garage-blues. Los coros de Chris siempre acertadísimos, y para mí a destacar la intervención de Andy a la guitarra rítmica y solista, con un toque muy diferente al de Dan y perfectamente compatible.
El arranque fue directo al grano, en lo que iban a ser una sucesión de cañonazos directos a las caderas para hacernos bailar, mezclados con momentos más íntimos, siempre dejándonos claro que tienen el sonido, la distorsión y la dinámica a sus pies. Dan saludó al personal con un polo de España, como un guiño al campeonato del mundo y arrancaron con “I got mine” (y es que sí, él tenía su camiseta). En medio segundo, el público ya sabíamos lo que teníamos entre manos.
Sin tiempo para nada, “Fever”. El diagnóstico era claro. Se venían dos horas de baile y disfrutar de música directa, sincera, con una calidad de sonido de agradecer, y que puede llegar a todo tipo de oyentes. Entre el público se veían diferentes generaciones, incluso familias con niños que no irían probablemente al concierto de Aitana, y es que cuando la música es tan buena tiene esa capacidad de llegada.
Tras agradecer a Robert su buena actuación, y haber demostrado sus raíces de blues garajero rudo y directo, turno para “Gold in the Ceiling”, la versión que ya casi parece suya “Have Love, Will Travel” (originario de Richard Berry y que alcanzo la fama gracias a la icónica versión de la banda The Sonics), “Just couldn’t tie me down”, “Next girl” y “Lo Hi”. En estos temas hacen guiños a tonos más soul, groove, sin perder esa saturación cruda marca de la casa. Sonidos de desierto, shakers, crudeza, esperar el amanecer en la orilla del río…
Es realmente hipnótico ver tocar a Patrick con esa configuración de batería tan abierta, y que tan bien agradece el acompañamiento de las congas del percusionista. Uno no para de sorprenderse de cuántas maneras se puede descomponer un compás o romper un ritmo, y que siga sonando pegajoso.
Comienza Dan él solo con “Everlasting Light”, controlando la dinámica hasta que la banda le encuentra y manejando el tempo lento para hacernos disfrutar de su voz con falsete. Gira la bola de discoteca proyectando la luz de los espejos en todo el recinto, despacio, y me da la sensación de estar en un baile de graduación americano, romántico y masivo.
Ha sido un respiro, para pasar a la emblemática “Howlin’ for you”, donde el público ya entrega lo que le quedaba de voz, y corea al acabar el estribillo, entregado. Sigue “Wild Child”, también de corte bailable y tiempo para “Man on a Mission”, un tema más personal y diferente con una intro con un sonido sucio acompañado por las congas, un riff pesado casi grunge, donde la banda se hace querer y relucen los detalles psicodélicos. Es en estos temas en los que a parte de los mega éxitos demuestran su valía y versatilidad.
Arrancan con el tema de su último álbum “Where there’s smoke, there’s fire”. Animado, lejos de los riffs pentatónicos y más cerca del blues soul sin renunciar al baile, despertando el sonido Hammond y cierran antes de la pausa con “Tighten Up”, que suena a clásico a temporal, una joya que hubiera existido desde siempre, y que es imposible que uan piedra no lo baile. Otra vez me pregunto cuantísimos riffs pentatónicos puede crear Dan para, con esa atmósfera, reverb justo, distorsión cruda, octavadores si hace falta, y sobre todo ritmo, para que todos te lleguen bien dentro y en tu cerebro tengas la sensación de que estás oyendo algo a la vez tan clásico y tan actual.
Toca versión de “I wanna be your dog”, de The Stooges. Tema directo, potente y megaconocido, que pese a lo rayado permite a la banda saturar al máximo su sonido y dar rienda a suelta a solos de Dan y Andy. Curioso como engarzan sus dos estilos, Dan más rítmico y percusivo y Andy más veloz y creativo, doblandose por momentos en este y más temas a lo largo del concierto. Andy denuestra ser un músico como una catedral con mucho oficio y gusto. Solo de armónica del teclista para dejar claro su versatilidad. “She’s long gone”, otro riff que suena a armónica, pentatónica enésima, ritmazo potente y rico, vibratos que se oye el dedo frotar la madera…otro baile innegable. Nos hemos ganado un descanso. De no más de 5 minutos.
Vuelven a la carga con la íntima y muy celebrada “Little Black Submarines”, preciosidad. Empieza Dan con la acústica, luces abajo y pide luces de los móviles que intentan hacer ver que aunque un corazón roto está ciego, debería poder ver los destellos. Se van electrificando según avanza la canción y acaban con su tal ve más icónica canción, “Lonely Boy”, donde a nadie le quedaba un ápice de baile o pasos secretos por sacar a relucir.
La sensación de un grandísimo concierto, ejecución magnífica, banda impecable, haber disfrutado y bailado al máximo, sin por ello dejar de apreciar la calidad técnica y compositiva de The Black Keys, en sus muchos registros, y que saben manejar a su antojo, tanto en himnos como en canciones más pegadas a su no tan cercano Misissipi, que aunque no pase directamente por Ohio, sí se filtra y se deja oler.




