Crónica: Victor Robi / Fotos: Sergio García Lavilla

 

Me acerqué ayer a La Riviera para ver a una de las bandas más influyentes del post‑soviet actual, Molchat Doma, con grandes expectativas, siendo ya unos referentes del género. Y desde el primer minuto quedó claro que venían a demostrarlo. Los sintetizadores abrieron la noche con una puntualidad quirúrgica y un sonido impecable, una introducción que ajustó la atmósfera de la sala como si alguien hubiera girado un dial invisible.

Sin embargo, esa claridad inicial se resquebrajó en Kolesom, cuando la voz entró algo enterrada en la mezcla, un pequeño tropiezo que contrastó con la precisión instrumental. El equilibrio llegó en Ty Zhe Ne Znaesh Kto Ya, donde el cantante desplegó sus ya icónicos movimientos, y el resto de la banda recordó por qué muchos los consideran los reyes del post‑soviet: fríos, magnéticos y absolutamente hipnóticos. Aquí la voz encajó mejor, y el público respondió con un entusiasmo creciente.

Con III la escenografía del frontman se volvió casi ritual, un vaivén hipnótico que la multitud trató de imitar. Pero los problemas de sonido regresaron por momentos en Doma Molchat, rompiendo ligeramente la inmersión. Aun así, Ne Vdvoem levantó a toda La Riviera, que cantó el estribillo como si fuera un himno generacional, sin importar el idioma.

A mitad del concierto la banda ganó consistencia, como si hubiera encontrado por fin el punto exacto de temperatura. Obrechen y Belaya Polosa consolidaron ese impulso, pero fue con Chernye Tsvety cuando la sala entró en un trance colectivo, donde los asistentes pasaron a ser uno solo. Egor continuó entregándose, bajando al foso mientras guitarra y bajo danzaban de manera casi diabólica, creando un momento de comunión total entre escenario y público.

La energía se desató definitivamente con Son y Volny, donde la banda pareció poseída por la mejor versión de New Order, arrancando palmas espontáneas y un movimiento constante en toda la sala. Lyudi Nadoeli cayó como un rayo, directa y afilada, seguida de un juego de luces impecable en Ya Tak Ustal, que amplificó su carácter melancólico. La introducción de Discoteque fue espectacular, preparando el terreno para Na Dne, uno de los momentos más celebrados del set principal. Y es que la banda ya tiene un buen puñado de temas que se podrían considerar clásicos dentro del género.

El bis llegó como una explosión contenida. Kletka desató la locura desde el primer golpe de caja; Toska puso a toda La Riviera a bailar sin reservas; y Tancevat mantuvo ese pulso frenético antes de que Sudno (Boris Ryzhyi) cerrara la noche por todo lo alto. El melocotonazo final convirtió la sala en un coro unificado, perdiéndose La Riviera en un último estallido de voces.

Fue un concierto poderoso, marcado por algunos altibajos técnicos pero sostenido por una banda que domina su estética, su sonido y su presencia escénica. Molchat Doma ofrecieron una actuación que se vive más que se escucha: un viaje oscuro, eléctrico y profundamente físico, donde cada golpe de sintetizador y cada línea de bajo parecían empujar al público hacia un mismo latido, confirmándolos como referentes.