Crónica: Victor Robi

 

Me acercaba el otro día a Hangar 48, tras la vuelta de mis vacaciones, a ver a uno de mis grupos pendientes, con la sensación de que lo de Gyoza no iba a ser un concierto más, sino una de esas noches en las que todo acaba desbordándose. La banda arrancó con Soltar y Error sin demasiados rodeos, marcando desde el inicio un pulso directo y físico que la sala recogió al instante. Los primeros pogos aparecieron casi sin aviso, como una reacción natural, y en pocos minutos ya se intuía que aquello no iba a tener freno, que el directo se construiría sobre esa tensión compartida entre escenario y público.

Con Beber y doler y Inside the Lair, el sonido se volvió más áspero y denso, empujando el directo hacia un terreno más oscuro. La banda sonaba compacta y se notaba química sobre el escenario, pero fue en el siguiente bloque cuando dieron un paso adelante. Bitter End llegó con el cantante completamente desatado, sudando ya sin reservas y empujando cada tema hacia un límite físico más exigente. Los gritos con tintes screamo atravesaban la sala mientras el público respondía con más pogos, entrando en ese bucle de intensidad compartida.

La actuación tuvo un segundo giro claro en su tramo central, con Glitch e In My Room trajeron una carga más emocional, con letras que apuntaban a la nostalgia y a cierta crisis interna —“no es casualidad”, parecía insinuar el discurso implícito—. Allí el directo respiró, pero no perdió fuerza: simplemente cambió de forma, volviéndose más introspectivo antes de volver a estallar.

Ese estallido llegó con Y no hablar y A Song, donde el público ya estaba completamente dentro. Se notaba un perfil treintañero entre los asistentes, coreando y dejándose llevar sin ironía, como si cada frase conectara con algo muy concreto. La banda respondió con un tramo sólido y preciso, encadenando temas con una naturalidad que confirmaba esa conexión interna que se veía sobre el escenario.

A partir de ahí, el concierto fue claramente hacia arriba. Unveiling, Killing Goode y Magma empujaron todo hacia un terreno más visceral, que se sentía tanto en la ejecución como en la recepción. La energía era constante, sin altibajos, con un público ya completamente entregado y una banda que sabía exactamente cómo sostener ese pulso.

En la recta final, temas como Nothing to Be Ashamed Of, De Nada y Opacitas Vinum consolidaron esa sensación de bloque compacto, antes de llegar al cierre con Deliverance, Si el dolor no es y, finalmente, Yes Sir. Ahí llegó el momento definitivo: el cantante se lanzó al público, bajó a tocar entre la gente y convirtió el cierre en un acto completamente físico, borrando cualquier línea entre escenario y sala.

El epílogo fue casi surrealista. Cuando terminó el concierto y la intensidad aún flotaba en el ambiente, empezó a sonar Katy Perry por los altavoces, funcionando como un contraste irónico y liberador después de la tormenta emocional.

Lo que Gyoza ofreció fue, en esencia, un directo que no pidió permiso: oscuro, sudoroso y emocionalmente crudo, pero también lleno de complicidad. Una banda que suena unida, que empuja hacia delante sin miedo y que encuentra en el directo el lugar donde todo cobra sentido. Y un público que, lejos de quedarse al margen, formó parte activa de cada golpe.