Fotos: Sergio García Lavilla / Crónica: Mercedes Márquez
Hay bandas que no necesitan estridencias ni aspavientos para encender un escenario; les basta con la pura fuerza de sus historias y la honestidad radical de sus canciones. La formación vizcaína McEnroe, liderada por la inconfundible voz y lírica de Ricardo Lezón, lleva más de dos décadas convertida en el refugio emocional de toda una generación. Con su estilo entre el indie-rock pausado, el slowcore atmosférico y el pop melancólico, la banda ha sabido construir un universo poético único en la música española, donde la lluvia de Getxo, la memoria del mar, el desamor y los pequeños milagros cotidianos adquieren dimensiones casi místicas.
Tras una trayectoria impecable marcada por discos capitales como Tú nunca morirás o Las orillas, la banda ha entrado en una madurez, McEnroe regresaba a Madrid para su tercera cita consecutiva en la Sala Villanos. Tras dos noches intensas, el ambiente en el recinto rozaba lo sacro.
La tercera noche arrancó con la solemnidad propia de las grandes ocasiones, mientras que la encargada de abrir el fuego fue Can Fernando, una pieza de cadencia pausada que sirvió como un ajuste de cuentas con la nostalgia y una perfecta toma de contacto. La voz de Ricardo Lezón, áspera, cercana y profunda, inundó el espacio mientras las guitarras dibujaban esa atmósfera inconfundible que balancea entre la bruma del norte y la luz del atardecer.
Enlazada con La cara noroeste, donde la instrumentación comenzó a desplegar todo su músculo elegíaco, los arreglos de teclado y los matices de la guitarra acompañaron a Lezón en una interpretación vocal impecable y contenida. Con El Jardinero, la lírica de McEnroe muestra sus mejores costuras, logrando que el público entonara cada verso a modo de murmullo colectivo, respetando la intimidad que la propia canción exige (salvo un sector que a la postre iba a emborronar un concierto tal vez por los efectos de alguna sustancia).
Las luces brillaban por su ausencia, tanto que la banda pidió por favor un poco más de luz en el escenario (que sea un concierto intimista no implica que tengamos que adivinar quién está en el escenario), dando paso a la parte central del show con Mundaka, Venta Tomás y Una Amapola que supuso uno de los picos de sensibilidad melódica de la noche. Las dinámicas de la banda se mostraron milimétricas, sabiendo cuándo dejar espacio al silencio y cuándo apretar en los momentos de mayor intensidad emocional, como agosto del 94 que mantuvo esa temperatura, transportando a los presentes a una memoria compartida de juventud y desencanto, marcada por una base de bajo y batería redonda y sumamente firme.
No todo es oscuridad en la discografía de McEnroe, con La Felicidad y Un Trueno en verano, temas donde la tensión contenida explotó en un estribillo de guitarras envolventes que hizo retumbar la sala.
La recta final del conjunto principal ofreció un viaje lleno de contrastes con La veleta navegó por terrenos de hermosa melancolía, abriendo paso a Tumbados en el Obelisco, una auténtica joya de su repertorio que el público celebró desde sus primeros compases.
Con La electricidad, el concierto alcanzó una tensión casi física; los destellos de luz sobre el escenario acompañaban los crescendos de un tema que en directo adquiere una pegada inusual. Acto seguido, la serenidad costera de La palma sirvió de antesala para la tormenta emocional de Los valientes, cerrando con Napoli, dejando con do el ambiente cargado de una hermosa electricidad y una ovación sorda que no cesó hasta el regreso del grupo a escena.
Reaparecieron en el escenario entre vítores para encarar el tramo decisivo con Mi Vietnam desgarradora, íntima y épica a partes iguales, recordando por qué es uno de los himnos imborrables en la discografía de la formación. Le siguió la punzante Que queda de mí, donde la vulnerabilidad de la voz de Ricardo se expuso sin filtros, respaldada por la elegancia contenida de toda la banda.
El broche de oro llegó con Un rayo de luz, en la que estuvo acompañado por su hija Jimena en un dueto entrañable, entre guitarras que desplegaban un abrazo final a una noche espectacular (salvo por algunos que no impidieron disfrutar de la noche al resto del público). McEnroe abandonó el escenario con la sobriedad que los caracteriza, dejando tras de sí la certeza de que su música no es solo un conjunto de canciones, sino un refugio al que siempre se quiere regresar.





