Crónica: @mr.barciela / Fotos: Paula Martín | Mercury Wheels @ Live Nation España
Madrid como escenario y el Movistar Arena como punto de encuentro, el grupo regresó a la ciudad natal de Carlos O’Connell para hacerla temblar. Una vuelta cargada de simbolismo que coincidió con la presentación de Dopamine Chamber, su nuevo álbum de estudio, publicado apenas unos días antes, el 16 de octubre.
Desde su formación en Dublín en 2014, Fontaines D.C. ha dejado de ser una promesa para consolidarse como una de las piedras angulares del rock alternativo contemporáneo, evolucionando desde la energía visceral e impetuosa de sus inicios post-punk hacia un universo sonoro más atmosférico, experimental y líricamente poético. La formación, compuesta por Grian Chatten (voz), Conor Deegan III (bajo), Tom Coll (batería), Conor Curley (guitarra) y Carlos O’Connell (guitarra), guarda además un lazo muy especial con la capital española gracias a O’Connell, el guitarrista, criado en Villanueva de la Cañada, puso rumbo a Irlanda a los 18 años para perseguir su vocación musical, convirtiendo cada directo del grupo en suelo madrileño en una suerte de emocionante y esperada vuelta a casa.
El público, mayoritariamente joven, pero con presencia de varias generaciones, no quiso perderse una de las citas destacadas de la agenda musical madrileña. Fontaines D.C. lleva años construyendo su identidad, pero su crecimiento en los últimos tiempos confirma que su propuesta ha traspasado las fronteras del circuito alternativo. A golpe de guitarras, letras viscerales y canciones que conectan con una nueva generación, los irlandeses se consolidan como uno de los nombres destacados del indie rock internacional.
Pronto, la pista se fue llenando de fans que buscaban el mejor sitio para disfrutar de la banda y contemplar de cerca a Grian Chatten, convertido en un nuevo ídolo generacional. El recinto se sumergía en una atmósfera oscura, teñida de azul, en sintonía con la estética del nuevo disco y las iniciales del grupo, que presidían el escenario. La espera se alargó más de lo previsto, aunque el inicio estaba anunciado para las nueve menos cuarto, no fue hasta las nueve y cinco cuando el pabellón quedó a oscuras. Entonces estalló el primer grito de la noche, una descarga de emoción que no sería, ni mucho menos, la última.
Los rasgueos de guitarra de “Sponge”, de Vic Chesnutt, resonaban con fuerza por el Movistar Arena. Era la carta de presentación elegida por Fontaines D.C. para anunciar que la noche estaba a punto de arrancar. Uno a uno, los integrantes fueron subiendo al escenario con naturalidad y seguridad, saludando al público y alzando los brazos ante una pista que ya comenzaba a rugir. Entonces arrancó “Tongue” y los frenos saltaron por los aires, la energía se desató y quedó claro que aquello no iba a dar tregua, ni a la banda ni a unos fans dispuestos a entregarse hasta el final.
Tras la primera canción, un tímido “hola” de Grian Chatten bastó para enloquecer a sus seguidores. El vocalista no tardó en animar al público a venirse arriba con “Here’s the Thing”, seguida de “Nabokov”, donde el bajo de Conor Deegan III retumbó con fuerza, acompañado por una batería de Tom Coll que sonaba impecable. El volumen rozaba lo ensordecedor, pero ¿acaso un concierto de rock está hecho para escucharse en voz baja? Allí la música no solo se oía, también se sentía.
“Bueno, Madrid, ¿cómo estamos?”. La pregunta de Grian desató un nuevo clamor entre los asistentes. Cada palabra del cantante encontraba respuesta en una pista entregada a sus gestos, mientras el maestro de ceremonias parecía tener al público a su merced. Pandereta en mano, llegó “Boys in the Better Land”, y la pista se transformó en un mar embravecido, los saltos de los seguidores dibujaban un oleaje incesante que acompañaba cada golpe de la canción.
Las pantallas del escenario permitían seguir de cerca los movimientos de la banda gracias a las imágenes que recogía el cámara mientras recorría el escenario. Los primeros planos de los músicos acercaban el concierto a quienes se encontraban más alejados, tanto en la pista como en las gradas. Todo ello acompañado de un filtro que evocaba las grabaciones en VHS, con un aire retro que encajaba con la propuesta visual del espectáculo.
Sin embargo, este recurso también tuvo su contrapunto. Desde mi punto de vista, resulta cuestionable que quienes llevan horas esperando para conseguir un buen sitio en la pista puedan ver reducida su visibilidad en determinados momentos debido al movimiento del cámara. Una propuesta visual pensada para acercar el concierto a quienes están lejos no debería convertirse en un obstáculo para quienes han hecho todo lo posible por disfrutarlo desde las primeras filas.
Durante el concierto, Fontaines D.C. mantuvo buena parte del setlist que había presentado en Portugal, aunque con algunos cambios en el orden de las primeras canciones. Los temas de su nuevo disco se fueron alternando con composiciones de trabajos anteriores, trazando un recorrido por las distintas etapas de la banda. La potencia sonora siguió siendo una constante y, entre canción y canción, algún pequeño acople devolvía por momentos una sensación casi doméstica, como si el público se hubiera colado en el local de ensayo de los irlandeses.
“Jackie Down the Line”, “You Miss Me”, “Roman Holiday” e “In the Modern World” fueron sucediéndose ante una audiencia entregada, entre la que también asomaban algunas banderas irlandesas en honor a la banda. En su música pueden reconocerse ecos de otras formaciones que han marcado la historia del rock alternativo, pero Fontaines D.C. no necesita vivir a la sombra de sus referentes. Más que encasillarse en una etiqueta o limitarse a repetir fórmulas conocidas, los irlandeses han sabido recoger esas influencias y transformarlas en un sonido propio, demostrando que todavía hay espacio para construir una identidad dentro de una escena con tanta historia.
En “In the Modern World”, Carlos O’Connell tomó la palabra para dedicar la canción a su profesora Rosa, que se encontraba entre el público. Fue ella quien, años atrás, le llevó por primera vez al entonces Palacio de los Deportes para ver a Leonard Cohen, encendiendo una llama que acabaría conduciéndolo de vuelta a Madrid, esta vez convertido en músico y guitarrista de una banda internacional. Un círculo que se cerraba sobre el escenario y que dotó a la canción de un significado especial.
La recta final antes de los bises llegó de la mano de “Happy For You”, “Big Shot”, “Mimesis”, “Bug”, “Favourite” y “Where Is Gone?”. En esta última, muchos habríamos deseado que Rosalía apareciera por sorpresa para compartir el tema con Grian Chatten, tal y como sucede en el disco. Pero no hizo falta, la voz del irlandés, rotunda y envolvente, se extendió por todo el pabellón, llenando cada rincón y sosteniendo por sí sola el peso de la canción.
Mientras muchas bandas veteranas han dejado atrás el ritual de los bises, Fontaines D.C. mantiene viva la tradición. Tras abandonar el escenario, el grupo dejó que sus seguidores reclamaran una última aparición, con la esperanza de escuchar algunas de las canciones más esperadas de la noche. Y así fue. Los músicos regresaron con los brazos abiertos, en un gesto que parecía decir “Aquí seguimos, no os íbamos a dejar así”. Llegaba el turno de los bises, con temas ya emblemáticos para sus seguidores como “Japan”, “I Love You”, “Starbuster” y “Six Shot Morning”.
Tras cerca de hora y media de concierto, los irlandeses se despidieron dejando tras de sí a un público satisfecho y con la sensación de haber vivido una noche a la altura de las expectativas. Fontaines D.C. demostró sobre el escenario la fuerza de su directo, la conexión con sus seguidores y una identidad musical que continúa creciendo. No son una promesa recién llegada, sino una banda que ya ocupa un lugar destacado en el panorama alternativo y que todavía tiene mucho camino por recorrer. Madrid fue testigo de un presente sólido y de un futuro que invita a seguirles la pista.





