Crónica: @mr.barciela

 

Los rockeros nunca mueren, y Deep Purple lo demostró anoche en Madrid. La veteranía es el mejor reflejo de lo que significa tocar puro rock and roll y hacer vibrar a sus seguidores en una noche cargada de emoción, que se fue sintiendo como despedida.

Desde su fundación en 1968, Deep Purple ha sido una de las fuerzas más influyentes en el devenir del rock. Su distintivo sello sonoro, caracterizado por potentes secciones de órgano y guitarra eléctrica, junto con complejas improvisaciones instrumentales, no solo ayudó a consolidar el hard rock, sino que también cimentó los cimientos del heavy metal. Obras cumbre como Machine Head y su célebre directo Made in Japan transformaron el panorama musical e inspiraron a innumerables generaciones.

Actualmente, el grupo conserva en sus filas a tres pilares fundamentales de aquella época esplendorosa, la emblemática voz de Ian Gillan, el bajo de Roger Glover y la batería de Ian Paice, este último como el único integrante que ha permanecido de forma ininterrumpida a lo largo de toda la historia de la banda.

Lejos de conformarse con el recuerdo, la formación británica retoma la carretera con un ambicioso tour internacional. En este espectáculo entrelazan sus himnos atemporales con sus composiciones más recientes, entre las que destaca su nuevo material discográfico, SPLAT!. Tras más de cincuenta años de trayectoria, Deep Purple demuestra que no depende del pasado, reafirmando su relevancia y su constante dinamismo sobre los escenarios.

Para ir calentando al público, los británicos JAYLER fueron los invitados idóneos para abrir la noche. El joven cuarteto, heredero del hard rock de los setenta y con claras influencias de Led Zeppelin, demostró que el rock clásico sigue teniendo relevo generacional. El rugido de los Marshall y la fuerza de sus guitarras fueron una magnífica carta de presentación ante el público madrileño, dejando un gran sabor de boca y ganas de volver a verlos, esta vez como protagonistas de su propio concierto.

Con el público ya entregado, la expectación era palpable. Jóvenes y mayores, padres e hijos, todos aguardaban la salida de una banda que ha marcado a generaciones enteras. Puntuales a su cita, a las nueve en punto, la gigantesca pantalla comenzó a proyectar imágenes espaciales de estética ochentera, acompañadas de iconos y portadas míticas del grupo. Mientras tanto, los músicos fueron ocupando sus posiciones para dar comienzo a una descarga de puro rock. El último en aparecer fue el legendario Ian Gillan, dispuesto a poner voz a “Highway Star”, un arranque soñado que dio paso a “A Bit on the Side”. Porque sí, son veteranos, pero eso no les impide seguir repartiendo decibelios y demostrando que aún tienen mucha guerra que dar.

Con “Into the Fire”, el rojo invadió el escenario y dejó claro que el fuego y el rock serían los protagonistas de la noche. Sí, Ian Gillan ya no tiene la voz de antaño, ¿y qué? A sus 81 años, sigue dándolo todo sobre el escenario, demostrando una veteranía y una profesionalidad que bien merecían estar en el Movistar Arena para presenciar semejante leyenda. Antes de la cuarta canción, el propio Gillan presentó a Simon McBride, que se lució con un solo de guitarra de más de cinco minutos, haciendo las delicias de los presentes mientras el resto de la banda aprovechaba para tomar aire. Tras este despliegue instrumental, llegaron “Arrogant Boy” y “Diablo”, con todos los músicos de nuevo sobre el escenario. Y no sería la última vez que los solos individuales darían protagonismo a los músicos durante el concierto.

Siguiendo con las presentaciones, llegó el turno de Don Airey, teclista de la banda, que se adueñó del escenario con un solo de órgano y teclados en el que demostró toda su experiencia, sin olvidarse de hacer un guiño al vino español. En pleno recital, un camarero apareció con una copa y el músico brindó con el público antes de dar un sorbo y continuar con su exhibición. El momento dio paso a un clásico como “Lazy”, con Gillan armado con su inseparable pandereta. Después llegaron “Sometimes I Feel Like Screaming”, “Sacred Land”, perteneciente a su último trabajo, SPLAT!, y “Lazy Sod”, antes de que Airey regresara por última vez a las teclas para regalarnos otra demostración de virtuosismo y dejar el camino preparado para el tramo final del concierto.

Y si hay algo que merece una mención especial, es el sonido exquisito durante todo el recital. Da gusto acudir a un concierto en el que los músicos que tienes delante atesoran semejante bagaje y profesionalidad. Con ellos, uno sabe que está en buenas manos y que la apuesta es segura. “Perfect Strangers” y “Space Truckin” llegaron para anunciar y preparar la traca final del concierto, convirtiéndose en la antesala del momento más esperado de la noche. Simon McBride puso los dedos sobre el mástil de su guitarra e hizo sonar ese riff tan reconocible que prácticamente todo guitarrista ha tocado alguna vez en sus primeros contactos con el instrumento. Ese que uno ensaya en su habitación, frente al espejo, sintiéndose una auténtica estrella del rock. No era otro que “Smoke on the Water”, un himno inmortal de la historia de la música que retumbó entre los muros del Movistar Arena con Ian Gillan dándolo todo al micrófono. Una lección de actitud y pasión, como si quisiera decir: «Tengo más de ochenta años, ya no se trata de dinero; mi vida es esto».

¿Y cómo reponerse de semejante himno? Ian Gillan se encargó de recordar que aquello todavía no había terminado. Un último solo de Simon McBride volvió a hacer disfrutar a todo el pabellón y abrió paso a los últimos regalos de la noche. “Givin’ It Up”, “Hush”, que desató al público por completo, con todos entregándose hasta la última gota de energía, y “Black Night” pusieron el broche final a un concierto con cierto sabor a despedida. Una despedida que, sin embargo, nadie querrá olvidar. Porque anoche, en el Movistar Arena de Madrid, no solo sonó la historia del rock, fuimos testigos de uno de esos pequeños momentos que se vuelven eternos.