Fotos: Sergio García Lavilla / Crónica: Mercedes Márquez

 

Para entender lo que ocurre sobre las tablas cuando se encienden los focos frente a El Diablo de Shanghai, es necesario rastrear los orígenes de una de las propuestas más estimulantes, incisivas y honestas que ha dado la escena independiente nacional en los últimos años. Nacidos en el corazón de Barcelona, la banda formada por Juan Trías de Bes, Víctor Vidal, Juana Poch y Albert Muñoz, irrumpió en el panorama musical con una premisa clara, canalizar la frustración, el desencanto urbano y la neurosis de una juventud abocada a la incertidumbre a través de guitarras afiladas y ritmos convulsos.

En sus canciones hay sarcasmo, pero no cinismo; hay ironía, pero sobre todo una honestidad desgarradora que retrata el choque frontal entre los sueños de una generación y la rutina aplastante de la gran ciudad. Con esa tarjeta de presentación y con la vitola de ser una de las bandas con el directo más físico y catártico, la cita en Madrid no era un concierto más, era una reválida para certificar que su discurso de asfalto y distorsión ha alcanzado la plena madurez.

Dentro del ciclo Mazo Madrid, la Sala Copérnico era la elegida para la descarga de los barceloneses, con el cartel de Sold Out colgado en la taquilla desde hacía días. La sala se llenaba en apenas 30 minutos que fueron los que tardaron en salir los teloneros elegidos para hacer de anfitriones de EDDSH, que en este caso corría a cargo de Paco te Quiero. Lejos de cumplir con el expediente del mero trámite de calentamiento, lograron contagiar su energía vibrante al público, dejando el ambiente en el punto exacto de ebullición para la entrada de los protagonistas de la noche.

Cuando se apagaron las luces y los miembros de EDDSH tomaron sus posiciones, no hubo lugar para introducciones solemnes ni dilaciones artísticas. El arranque con Abulia que actuó como una descarga eléctrica que desmanteló de golpe la distancia entre escenario y pista, que pese al nombre del tema, el público respondió con un latigazo de energía, coreando cada verso mientras las guitarras dibujaban esa atmósfera tensa y bailable tan característica del grupo. Enlazando con Perdón, Nada Nos Puede Cambiar, elevan la apuesta armónica y rítmica, coreada por un público entregado cual fieles adeptos al culto del verso que da paso a Dinero, una de las piezas donde mejor se cristaliza la crítica social y la causticidad del grupo.

Las primeras filas comenzaron a agitarse en un pogo uniforme mientras el estribillo resonaba en cada rincón de la sala. Con Tabaco, la banda bajó un punto la velocidad pero aumentó la densidad del aire, sumergiendo la sala en una cadencia densa, casi hipnótica, donde el humo imaginario de los bares se palpaba en cada nota de bajo.

Apretando un poco el acelerador con 113 y su punk clásico, los cambios de ritmo exquisitos de Boviscopofobia, las lastimeras Todo y Mas y Sistema Unitario en un spoken Word perfecto característico del grupo.

Para cuando sonaron los acordes de Joven Ciudad, el concierto había alcanzado una velocidad de crucero impecable que fue coreado a pleno pulmón por una Copérnico que ya no era un mero espectador, sino un miembro más de la banda. Atemperando con la voz rasgada y la capacidad de recitar de Juan Trías de Bes, Tierra Trágame hizo de parada y fonda para una sala que se había convertido en un pogo.

Afrontando la recta final On/Off funcionó como un resorte eléctrico que volvió a poner en marcha la maquinaria del pogo, seguida de la frenética Carrera de Vainas, donde la velocidad de las guitarras alcanzó cotas vertiginosas.

El clímax de la noche empezó a dibujarse con BGMFF, un derroche de distorsión que mezclaron con estrofas de Las de la Intuicion de Shakira, alegando que ellos no montan una ciudad como la mexicana (pero no hace falta) coreada por un público que se lo tomó con mucho humor. Continuando con el clásico Patti Smith que resonó con una fuerza descomunal y sin dar tregua, Editorial continuó la descarga con sus pasajes hablados y sus explosiones de ruido controlado, dejando el ambiente al borde del colapso emocional.

El cierre de la noche tuvo a Pisa Fuerte como tema final, con los últimos restos de energía que les quedaban en los pulmones y los dedos, desatando una auténtica marejada en la pista de la Copérnico, envuelto en una muralla de acoples, platillos retumbando y un público entregado por completo al caos festivo.

El Diablo de Shanghai firmó en Madrid una actuación rotunda que confirma lo que muchos ya intuían, que han dejado de ser una promesa incipiente para convertirse en una realidad incontestable del rock en español.

Sin artificios, sin secuencias grabadas que enmascaren el sonido y con una entrega física impecable, dieron una lección de cómo se defiende un disco y un discurso en el terreno donde verdaderamente importan las cosas, sobre un escenario de sala, a escasos metros de la gente y con la distorsión al máximo (aunque me faltara Himalaya en una noche para recordar)