Crónica: Mariángel Vera Fermín / Fotos: Lucas Beltrán

 

Vistos por primera vez (al menos, por nosotros) en la presentación del Inverfest, los Drugos son una reinvención menos ostentosa del rock and roll de Elvis Presley: la versión más honesta y asturiana de aquel sonido clásico. Contra su propio pronóstico, llenaron la Sala But en lo que fue la noche de presentación de su tercer disco, publicado hace tan solo una semana y media.

Los miembros principales de la banda son Jano (voz y guitarra), Luis (guitarra), Nacho (bajo) y Ale (batería). En esta ocasión, por tratarse de una cita especialmente singular, contaron con la presencia de Aurora Ríos al violín, la guitarra acústica y los coros; Marcus Wilson a la guitarra (en sustitución de Luis); y Alejandro Heredia a los teclados, procurando dar un espectáculo digno de la magnitud del concierto como evento clave en su carrera.

El viernes, los altavoces de la But retomaron los años sesenta justo donde los dejamos. Un acordeón y una guitarra eran la indumentaria que portaba el telonero, Willie Hot, cantante de la banda La pesca en Sizigia (y anteriormente de Nebraska). Esperamos verlo de nuevo en directo, con la misma sensibilidad delicada, el 19 de marzo en la Sala Siroco; mientras tanto, su demostración nos trajo folk, rock enamorado, y puentes con armónicas como en los clásicos de Bob Dylan.

Haz ruido mientras puedas es el título de su último álbum. Con la evolución de su sonido, han perdido el miedo a sonar cerca del pop. Como premisa inicial, es importante añadir que Drugos jamás ha tenido reparo en mostrarse vulnerable; de hecho, forma parte del núcleo atractivo de su música y de su presencia como banda, lo cual se evidencia tanto en lo instrumental como en lo lírico. La producción corre a cargo de Nacho Mur, integrante de La M.O.D.A.

Para romper el hielo, abrieron el concierto con su canción más atrevida, M. Pombo. Jano supo afrontar los riesgos de su elección interpretando la letra audaz del tema con su peculiar forma de cantar, arrastrada y en un tono semiconversacional. Los músicos también estuvieron a la altura, sin inmutarse ante ningún cambio de acorde ni aflojar la fuerza durante ningún golpe de una batería que determinaba la identidad de la canción, acompañada de un bajo seguro.

Volviendo algunos discos atrás, tocaron Siento que estoy levitando, de Todo Arde, focalizando la atención en sus coros melódicos. El violín redondeó el sentimiento y la sensación de haber escuchado una balada rock se volvió un hecho palpable. “Esta la escribí estando en mi primera banda, cuando tenía 16 años”. Pequeño pero matón fue un recuerdo divertido de los días invencibles y de la furia adolescente que todos deberíamos, en su justa medida, tener a mano.

A continuación, La amapolas, otra balada. Esta vez estuvo acompañada de una guitarra acústica tocada con esmero. Aunque este tipo de canciones no era su punto fuerte en directo, no cabía duda de que el público añoraba sonidos clásicos como los de Drugos en la escena musical vigente, y que el mero hecho de contar con una banda que los encarnara resultaba suficiente para pasar un rato agradable.

Tanto las luces como la disposición de los intérpretes en la escena facilitaban el disfrute del concierto, permitiendo una visión clara de todo y de todos los que pasaban por el escenario. Entre ellos, Fátima, cantante de Bendita Calamidad, que salió del backstage para interpretar una sentida versión de Los Martes, aun siendo viernes. Para cuando tocaron No tengo prisa, estaban ya bien seguros de haber salido de la mala racha que relatan, y de estar gozando como nunca en aquel preciso instante.

Sus letras unían al público en una complicidad inexplicable: al cantar su canción homónima, Drugos, la rebelión que defendían con sus guitarras parecía ser la única por la que valía la pena luchar y, durante algunos minutos, todos estuvimos en el mismo bando. No tengo prisa contó con la presencia de Willie Hot, seguida de Joder y No queda tiempo, marcando el final del concierto antes del bis.

Cuando soltaron los instrumentos para marcharse, dejaron una de las guitarras sonando en el escenario: un ruido insistente que no parecía cesar a menos que alguien la tocase de nuevo. Volvieron a encenderse los focos para escuchar otras tres canciones de Drugos, devolviéndonos, como solo ellos saben hacerlo, el regalo que fue para la banda llenar una de las salas más mágicas de Madrid. ¡Puxa Asturies!