Crónica: Sergio García Lavilla

 

Fundada en Seattle en 2004 por Ben Bridwell tras la disolución de la formación de culto de slowcore Carissa’s Wierd, Band of Horses emergió como un puente natural entre el folk de horizontes abiertos y el empuje guitarrero del rock alternativo estadounidense. La voz de Bridwell, caracterizada por un registro agudo, quebrado y bañado en reverberación cavernosa, se consolidó de inmediato como el rasgo distintivo del quinteto.

Su estilo bebe de las fuentes de Neil Young and Crazy Horse, la épica coral y emotiva de My Morning Jacket y las texturas de guitarras deshilachadas de Built to Spill, quedando canonizado en su álbum debut Everything All the Time (2006), motivo de la Gira que en 2026 está realizando la banda, a la espera del nuevo trabajo que saldrá en 2027.

Después de su última visita en 2022 volvían a la Riviera de la mano de Live Nation para conmemorar el 20 aniversario de su disco debut con un lleno, que pese a no llegar a ser Sold Out (con Fontaines DC en el Movistar hubo mucha reventa de entradas) la entrada fue casi total. A diferencia de 2022 no pudimos hacer fotografías para poder adjuntar a la crónica escrita, pese a solamente haber dos fotógrafos, cosa que resultó extraña, pero que últimamente ocurre con cierta asiduidad con alguna promotora (menos mal que no es lo común…de hecho es algo muy puntual).

El ambiente en los accesos a la sala La Riviera reflejaba la devoción templada que despiertan los aniversarios discográficos de largo recorrido. El escenario estaba coronado por una pantalla que sería la que guiara los audiovisuales junto con una hilera de cabezales a válvulas, teclados analógicos vintage sobre soportes desgastados, alfombras gastadas.

La premisa de la gira no dejaba margen a la especulación, la interpretación íntegra y cronológica de Everything All the Time, con Ben Bridwell arrancando con The First Song. Cuando la voz de Bridwell atacó los versos iniciales, arrastrando las sílabas con esa calidez áspera tan propia de las colinas de Carolina del Sur, quedó patente que su registro vocal conserva intacta la tesitura de 2006. La entrada escalonada del bajo de Matt Gentling y el golpe seco del bombo de Brett Davis desató una muralla de sonido analógico. Le seguía Our Swords y el loud quiet loud de Wicked Girl con un público todavía ajustándose al concierto al igual que el sonido, que resultaba algo metálico pero que fue corrigiéndose a medida que avanzaba el concierto.

Aunque era demasiado pronto, llegó uno de los momentos mágicos de la noche con los primeros compases de The Funeral, donde no se llegó al silencio absoluto como en el 22 (resulta muy molesto que la gente no pare de hablar) generaron un estremecimiento inmediato en la pista. Con la sala todavía sobrecogida por la descarga, la banda bajó de golpe las revoluciones para adentrarse en el terreno acústico de Part One que sirvió de trampolín para The Great Salt Lake, otro de los pilares indiscutibles del disco. Los temas fueron cayendo en orden cronologico mientras el sonido iba mejorando para terminar con la atmosférica Monsters y la crepuscular St Agustine con la que se retiraron del escenario.

Tras algo más de 15 minutos que se hicieron algo largos arrancaba la segunda parte del concierto, planteada como una exhaustiva panorámica de su evolución estilística, explorando desde la confirmación de su estatus a finales de los 2000 hasta sus composiciones más recientes.

La reanudación no pudo ser más contundente con Is There a Ghost, el corte que abría en 2007 su segundo larga duración, Cease to Begin. Sin tregua NW Apt., un estallido directo de nervio power-pop que aceleró el pulso general, sirviendo de contraste perfecto para el desembarco del himno sentimental definitivo del grupo, No One’s Gonna Love You. Bridwell interpretó cada frase con un fraseo limpio y contenido, alcanzando los falsetes más exigentes con pasmosa naturalidad. El público madrileño asumió el rol de coro masivo, cantando la letra casi al unísono con el cantante en un clima de respeto y complicidad que erizó la piel del recinto.

El ecuador del segundo acto estuvo dominado por el repertorio de Infinite Arms (2010), con Factory, Infinite Arms, el folk más íntimo de For Annabelle donde las armonías vocales a dos voces entre Bridwell y Monroe brillaron majestuosamente.

El punto álgido de este tramo llegó con Laredo, la encarnación perfecta de la canción de carretera norteamericana, con su ritmo motorik constante, sus guitarras cristalinas entrelazadas y un estribillo de vocación épica pero sin estridencias, el tema puso a saltar a toda La Riviera.

Demostrando que el proyecto no vive exclusivamente de su legado pasado, el quinteto abordó de inmediato el material de su producción más reciente Lil’ Suspect o el jangle pop de Crutch, el sencillo principal de su aclamado trabajo de 2022, Things Are Great.

Uno de los instantes más celebrados y singulares de la velada se produjo cuando Bridwell presentó una versión de Never Tear Us Apart de los australianos INXS (como hicieron en 2022). Lejos de calcar la producción bailable y los sintetizadores new wave del original de 1987, Band of Horses tradujo el tema a su propio dialecto sureño y alternativo

Tras casi dos horas de entrega ininterrumpida, el quinteto preparó la trastienda final del concierto con Ode to LRC, una de las piezas más queridas de Cease to Begin, seguida de la festiva y trepidante The General Specific. Con su ritmo sincopado de honky-tonk, palmadas colectivas marcadas por el público, rasgueos acústicos a toda velocidad y un Monroe hiperactivo alternando teclado y pandereta, la sala entera se convirtió en un salón de baile desmadrado. Fue una despedida jubilosa, desprovista de cualquier solemnidad impostada, entre acoples de amplificadores silbando en la penumbra.

Band of Horses selló en Madrid una velada memorable, tras veinte años después de su primer destello discográfico, su música no solo conserva su valor testimonial, sino que sigue latiendo con la misma fuerza, honestidad y trascendencia emocional del primer día.