Crónica y fotos: Sergio García Lavilla
Concierto perteneciente a la gira Tentacle Roulette (Best of the 10 albums) del trio holandés Dewolff, formado por los hermanos van de Poel y Robin Piso, que se sumergen entre el blues de herencia psicodélica y el hard rock de los setenta. Es imposible no viajar en el tiempo hacia los pasajes más densos de Deep Purple o Uriah Heep, con aroma a la grandilocuencia mística de Led Zeppelin, pero despojada de estadios y devuelta al barro de las salas.
Hay conciertos que se esperan como citas rutinarias y otros que se marcan en el calendario con el presentimiento de lo histórico. La visita de DeWolff a La Riviera madrileña de la mano de Last Tour, pertenecía indiscutiblemente a la segunda categoría, acompañados por el magnetismo desértico de Israel Nash como apertura de lujo.
Es estadounidense Israel Nash con su aura de chamán del folk-rock psicodélico tejano, nos presentaba su nuevo album Moods (2026), en una doble sesión más que un telonero al uso. Envuelto en una densa niebla de guitarras reverberantes y misticismo cósmico, el músico ofreció un viaje sónico abrumador, alternando la melancolía de sus raíces americanas con pasajes de puro rock desértico. Sin dejar de lado sus clásicos, sonaron Rain Plans, Who in time, Just Like Water, Mansions o Rexanimarum, que alrededor de una hora fue precalentando el ambiente.
El inicio de la velada no dejó espacio para la especulación, el silbato de una locomotora invisible comenzó a atronar los altavoces: Night Train fue la encargada de abrir fuego. Desde los primeros compases, el órgano Hammond de Robin Piso rugió con esa textura líquida y pesada, empujado por la batería milimétrica y salvaje de Luka van de Poel.

A partir de ahí, destacar un par de covers, la primera de Little Feat en The Fan dándole ese toque psicodélico tipo The Doors y Faster and Faster de Eden Rose, en donde Robin Piso desata una tormenta con su teclado Hammond, logrando una descarga de rock progresivo y psicodelia vintage a ritmos vertiginosos.

Nadie se movió de su sitio mientras os gritos reclamando su regreso no pararon hasta que no hicieron volver al escenario con sonrisas cómplices, sabedores de tener Madrid a sus pies. DeWolff no optó por un bis complaciente y radiofónico, en su lugar, acometieron los más de veinte minutos de Rosita, una descomunal suite progresiva y volcánica que es, en sí misma, un viaje sideral a través de la historia del rock clásico. El tema mutó de la balada espiritual al clímax guitarrero más absoluto, con los tres músicos vaciándose sobre las tablas en un derroche de virtuosismo y sudor que pareció detener el tiempo, mientras Pablo se fundía con el público en dos ocasiones, una de ellas elevado cual santo en procesión.

DeWolff pasó por Madrid y no dejó prisioneros, revalidaron sus galones y demostraron que, mientras ellos sigan empuñando sus instrumentos, el espíritu del rock más indómito y auténtico está a salvo.





