Fotos y fotos: Sergio García Lavilla

 

Hay conciertos que se escuchan, otros que se contemplan, y luego están las misas paganas que oficia Andrea Tirone bajo el alias de Mind Enterprises y su escudero Roberto a la batería electrónica, en una versión italo disco de los Blues Brothers.

En pleno ecuador de su gira mundial de 2026, Negroni Tour, el productor italiano ha demostrado que el revival del Italo-disco no es una moda pasajera basada en la nostalgia barata, sino una necesidad física de sudor, neón y escapismo electrónico. Con un itinerario que este año conquista desde festivales europeos de vanguardia hasta carpas masivas en el Portola de San Francisco, su directo se ha consolidado como la fiesta definitiva de la temporada.

La cita era en la Sala But con un Sold Out que empieza a ser una constante en el grupo, adelantando la fiesta que tendrá lugar en noviembre en la Riviera.

Con un calor sofocante propio de meses estivales, la espera se hacía en las terrazas cercanas, consumiendo Negroni y cervezas, lo que hizo que la sala no se llenase hasta minutos antes.

La expectación de la noche se palpaba en el ambiente. El escenario, un templo retro futurista envuelto en bruma espesa y flanqueado por sintetizadores analógicos, parecía el set de una película de ciencia ficción de bajo presupuesto de 1984. Cuando Tirone apareció en escena —ataviado con su ya icónica estética irónica, gafas de sol de montura gruesa y esa energía magnética de antihéroe de la pista de baile—, el recinto estalló.

No hubo preámbulos. Las primeras notas secuenciadas de un bajo funk hipervitaminado marcaron el ritmo de lo que sería una hora y media de hipnosis colectiva.

El repertorio fue un viaje impecable de pulsaciones ascendentes. Clásicos de su catálogo como Idealistic y Monogamy sonaron más robustos y sucios que en sus versiones de estudio, impulsados por cajas de ritmos que golpeaban directamente en el pecho de los asistentes.

El sonido de Mind Enterprises en vivo es una amalgama perfecta entre la sofisticación de Giorgio Moroder, el gamberrismo rítmico de Daft Punk y la efervescencia del pop europeo más desacomplejado.

Tirone actúa como un titiritero sónico: mientras sus dedos vuelan sobre las teclas y modulan filtros en tiempo real, su cuerpo acompaña cada vibración, contagiando una euforia instantánea a una audiencia entregada al baile sin prejuicios. Uno de los momentos cumbre de la velada llegó a mitad del set, cuando los visuales pixelados de la pantalla principal se sincronizaron con un bombardeo de luces estroboscópicas rojas y doradas.

El ritmo mutó hacia pasajes más densos de nu-disco, estirando los bucles y las progresiones armónicas hasta el límite de la resistencia física del público. Nadie miraba las pantallas de sus teléfonos; la comunión entre el escenario y la pista era total, un fenómeno cada vez más inusual en los conciertos contemporáneos.

Hacia el cierre, con las camisetas empapadas y las gargantas desgastadas, Tirone desató su artillería final, dejando claro por qué festivales de la talla del Cruïlla en Barcelona o el Spring Attitude en Roma han peleado por tenerlo en sus filas este verano.

Al encenderse las luces de la sala, las caras de los exhaustos asistentes reflejaban lo mismo: acababan de presenciar no solo un concierto de música electrónica, sino una celebración absoluta de la vida a través del ritmo.

Mind Enterprises no inventó la música disco, pero en este 2026, nadie la hace sonar tan peligrosamente divertida.