Fotos: Sergio García Lavilla / Crónica: Mercedes Márquez

 

Concierto presentación del segundo trabajo de la banda irlandesa, que lleva por título Nobody´s Coming to Save You (2026) con el que se consagran dentro de la corriente dublinesa que lideran Fontaines DC. Evitando caer en la trampa del conformismo y evolucionando hacia una música mucho más corrosiva e industrial, donde las texturas de sintetizador mugriento y los ritmos implacables conviven con una lírica aún más afilada y mordaz, todo ello envuelto en un post-punk musculoso que coquetea abiertamente con el noise rock más abrasivo y la crudeza del hardcore.

La cita, con un Sold Out desde hacía días, era en la Sala Nazca de la mano de Primavera Tours, dos años después de su primera actuación en Madrid, con solo un disco publicado y muchas ganas de comerse el mundo, en la sala El Sótano.

Antes del huracán principal, el viento empezó a soplar fuerte con el grupo Really Good Time, surgidos de las cenizas de varios proyectos locales presentando su primer trabajo Affimations (2026), practicando un art-punk vertiginoso salpicado de funk marciano, garage bailable y tintes de sleaze punk. Su actuación fue una sacudida de sudor y guitarras angulares, donde el carisma desparpajado y los ritmos sincopados con temas del empaque de Shit One, Peter Hayes o Dig up stupid lograron caldear a una sala que se iba llenando rápidamente.

Cuando las luces principales se apagaron y una masa de frecuencias graves comenzó a retumbar en el pecho de los presentes, los cinco dublineses tomaron sus posiciones sin aspavientos, como un escuadrón que sabe exactamente la misión que tiene encomendada. Dan Hoff, con esa estampa que oscila entre el predicador atormentado y el púgil callejero, agarró el pie de micro con las venas del cuello ya marcadas antes de emitir la primera sílaba.

El arranque fue directo al mentón con Nobody’s Coming to Save You, derribando cualquier entre grupo y público. Sin solución de continuidad y aprovechando la onda expansiva, encadenaron Party Lines y Nausea. En directo, el tema adquiere una dimensión claustrofóbica implacable, con el bajo de McCarthy la atmósfera se volvió densa y pantanosa, arrastrando al público a un balanceo hipnótico que desembocó en el estallido tribal de Des Goblin. Aquí la pista se convirtió definitivamente en una marea humana; el groove maquinal y casi bailable de la canción provocó saltos sincronizados en toda la sala, con Dan gesticulando espasmódicamente y arengando a la multitud como un maestro de ceremonias al borde del colapso.

A partir de aquí los pogos no pararon con Dan dentro de uno de ellos entre el delirio de compatriotas irlandeses que les siguen por toda la gira europea. Sudor, golpes, gritos fueron la nota que marcaría el resto de la noche, atenuada en temas como Nothing Happens Twice, que solamente eran un pequeño respiro ante temas como Shades donde estalló una ovación cerrada y un mar de brazos en alto que desafiaban la pegajosa condensación que ya goteaba de los pilares del recinto.

El bloque central del nuevo álbum continuó abriéndose paso con Come and See y Drones, un ataque visceral de guitarras abrasivas y letras mordaces contra la alienación moderna que provocó que el público saltara en tromba, perdiendo por completo la compostura en una Wall of Death que era de las pocas cosas que quedaban por ver en una sala. Pero el punto culminante llegó con Top of the Bill donde el ritmo motorik de la batería se combinó con una línea de bajo arrolladora y gritos desgarrados que convirtieron la pista en una olla a presión. Los empujones eran ya fraternidad pura, sonrisas entre el sudor y cuerpos flotando sobre la multitud.

El tramo definitivo del concierto fue sencillamente memorable, con Approachable llegó con toda su ironía y filo corrosivo, burlándose de las apariencias y la hipocresía social a través de un estribillo infeccioso que toda la sala coreó a pleno pulmón. La desgarradora I Wish I Was, donde la voz de Dan se quebró en matices de pura vulnerabilidad y cólera contenida, antes de que las guitarras cerraran filas en un crescendo monumental que retumbó en cada rincón del local subterráneo.

Agradeciendo al público el entusiasmo y sin bises se despidieron con Crybaby, demostrando que son una banda de directo y que su segundo trabajo discográfico no es un simple paso en su carrera, sino la confirmación rotunda de que representan una de las fuerzas más auténticas, viscerales e imprescindibles del rock europeo actual.