Crónica: Víctor Robi

 

Los primeros en entrar a escena fueron los bilbaínos Fiasco, con un directo que nos evocó al rock alternativo de los 2000, con toques de psicobilly. A pesar de su inmadurez sobre el escenario, su actuación fue pura energía y desparpajo, especialmente por parte de Nick D’Amico, que me recordó a un Alex Turner gustándose a sí mismo y haciendo que el público también lo disfrutara.

Son una banda prometedora que mejora en directo lo que han grabado, y si afinan el sonido —que por momentos no era del todo claro— serán una auténtica delicia. Sin lugar a dudas, uno de los mejores teloneros que he visto últimamente.

Desde Georgia llegaban a derrumbar la Wurlitzer: Will Kolak. El power trío combina riffs cortantes, ritmos secos y una voz que alterna entre la urgencia y la melodía contenida. El arranque fue contundente con Honey y That Is My Problem, que marcaron el pulso del show y dejaron claro el carácter inmediato de la banda. Ese impulso se reforzó con el melocotonazo Nicotine, que removió los cimientos e hizo agitarse a los pocos pero valientes presentes, cerrando con un outro donde sacaron su lado más hardcore.

A mitad del set bajaron ligeramente la intensidad para introducir canciones con líneas melódicas más reconocibles, lo que ofreció contraste y permitió respirar antes de rematar con piezas más agresivas, como I’ll Get You Everything If You Ask y How Did We Fuck Up Everything. Dejando de lado lo melódico, volvimos a la oscuridad que recordaba a los primeros Foals, con la coreada Mzes o el cañonazo Get Down.

Los georgianos no perdieron el tiempo: habían venido a rockear, y eso fue lo que nos dieron con The Trauma o Khmas. Sin embargo, guardaron lo mejor para el final con su tema más reconocible, All My Friends and Enemies Are Fine, para cerrar la poco más de media hora de rock entre el público a guitarrazos con Stigma Never Was My Stime.

El sonido en sala tendió a favorecer las frecuencias medias-altas, lo que realzó las guitarras pero en ocasiones dejó la voz algo por detrás. Aun así, la mezcla reforzó la sensación de directo auténtico y sin artificios, demostrando que el rock no entiende de países ni idiomas, porque tiene su propia lengua universal, en la que estos georgianos son catedráticos.