Crónica: @mr.barciela / Fotos: @SebastienNagy (Live Nation)
Agosto apura sus últimos días y Madrid se resiste a despedir el verano. Después de una temporada en la que el Riyadh Air Metropolitano se ha convertido en uno de los grandes puntos de encuentro de la música en la capital, llegaba uno de los últimos grandes nombres del calendario, The Weeknd con su gira “After Hours Till Dawn Tour”. Abel Tesfaye aterrizaba en Madrid para cerrar el mes con tres conciertos consecutivos en el estadio, los días 28, 29 y 30 de agosto. La primera de esas noches, con el recinto entregado a su propuesta, prometía convertir el Metropolitano en algo más que un estadio.
En los alrededores del recinto se respiraba esa mezcla de expectación y nervios que solo aparece cuando miles de personas saben que están a punto de asistir a algo que llevan meses esperando. Seguidores llegados de distintos países se mezclaban con el público madrileño, mientras las camisetas, las chaquetas rojas y los atuendos inspirados en el propio Abel Tesfaye convertían las inmediaciones en una especie de pasarela improvisada de The Weeknd. Algunos habían venido a escuchar sus canciones, otros parecían haber venido directamente a convertirse en uno de sus personajes.
A las 20:45, con una puntualidad casi quirúrgica, comenzaba el espectáculo. El Metropolitano se transformaba entonces en una gigantesca estructura escénica que ocupaba buena parte de la pista. El escenario, articulado en diferentes plataformas y pasarelas, estaba dominado en su centro por una enorme estatua femenina dorada, diseñada por el artista japonés Hajime Sorayama. La figura, de apariencia futurista y robótica, giraba lentamente mientras observaba desde las alturas todo lo que estaba a punto de suceder.
Al fondo aparecía una ciudad en ruinas, un paisaje devastado en el que podían reconocerse algunos de los grandes iconos de Nueva York. No era la primera vez que Abel Tesfaye levantaba una ciudad ante el público madrileño. Quienes ya habíamos estado en el Metropolitano durante su anterior visita recordábamos aquel escenario convertido entonces en una ciudad viva, intacta e iluminada. Esta vez, sin embargo, los edificios aparecían destruidos, como si entre una gira y otra hubiera ocurrido una catástrofe. El cambio no parecía casual. El universo visual de esta nueva etapa se construía sobre un mundo postapocalíptico, decadente y dominado por la tecnología. La ciudad ya no era un lugar de celebración, sino las ruinas de una civilización que parecía haber llegado a su final. Era el escenario perfecto para cerrar una era.
Sobre la plataforma principal aparecieron los bailarines, vestidos con túnicas rojas y máscaras doradas que borraban cualquier rasgo reconocible. Y entonces, en el centro del escenario, apareció Abel Tesfaye. Vestido completamente de negro, con un chaleco de inspiración militar, un collar con una cruz y una máscara que le cubría buena parte del rostro, The Weeknd hacía su entrada en aquel paisaje de ruinas. La reacción fue inmediata: gritos, aplausos y miles de teléfonos levantándose al mismo tiempo. Los primeros acordes de “Baptized in Fear”, seguidos de “Open Hearts” y “Wake Me Up”, fueron la señal de partida de una noche que recorrería buena parte de su carrera y, especialmente, sus tres últimas etapas: After Hours, Dawn FM y Hurry Up Tomorrow.
El comienzo fue contenido, casi solemne, pero pronto el espectáculo empezó a crecer. Abel no quiso quedarse anclado en el escenario principal y durante la noche recorrió las
diferentes pasarelas y zonas del escenario, pasando de una parte a otra de aquella enorme estructura y acercándose físicamente a distintos puntos del público.
Las pulseras luminosas entregadas a la entrada también comenzaron a formar parte del espectáculo. Las gradas cambiaban de color al ritmo de la música, convirtiendo al público en una extensión de la propia escenografía.
Tras “After Hours”, “Starboy” y “Heartless”, el concierto comenzó a elevar su intensidad. Fuego, láseres, explosiones de luz y fuegos artificiales acompañaban una producción en la que cada canción parecía tener su propio universo. The Weeknd no estaba ofreciendo únicamente un concierto; estaba construyendo una película en directo, con miles de personas convertidas en parte de ella.
En medio de aquel despliegue llegó uno de los primeros momentos de verdadera conexión entre el artista y el estadio. Abel se quitó finalmente la máscara que había ocultado parte de su rostro durante el inicio del espectáculo. El gesto provocó una explosión inmediata en las gradas. El personaje comenzaba a desaparecer y, durante unos instantes, quedaba simplemente el artista.
El cantante agradeció la acogida de Madrid y recordó que aquella era la primera de las tres noches que tenía por delante en la capital. También explicó que esa primera fecha sería la encargada de marcar el listón para las dos siguientes.
A partir de ahí, el concierto comenzó a viajar por diferentes etapas de su carrera. “Take My Breath”, “Sacrifice” y “Can’t Feel My Face” dieron paso a una parte más oscura, con “Lost in the Fire”, “Often” y “The Hills” recuperando al The Weeknd de sus primeros años. Después llegarían “Timeless”, “Creepin’”, “One of the Girls”, “Stargirl Interlude” y “Out of Time”, un recorrido por más de una década de música que demostraba que Abel no estaba dispuesto a dejar atrás ninguna de sus distintas versiones.
El concierto cambiaba entonces de escenario. Abel se trasladaba al B-stage, una plataforma secundaria situada más cerca del público. Allí, por unos minutos, la gigantesca maquinaria que había dominado la noche parecía hacerse a un lado para dejar espacio a las canciones.
“I Feel It Coming”, “Die for You”, “Is There Someone Else?” y “Wicked Games” llevaron el concierto hacia un terreno más íntimo. Las ruinas, la estatua y las explosiones quedaban en segundo plano. La atención recaía sobre su voz y sobre las miles de personas que cantaban con él.
Pero la calma duraría poco. De vuelta al escenario principal, “Call Out My Name” y “The Abyss” dieron paso a una recta final construida para ser cantada a pleno pulmón. “Save Your Tears” y “Less Than Zero” prepararon el terreno para “Blinding Lights”, que convirtió el Metropolitano en una enorme pista de baile. Las pulseras volvieron a iluminar las gradas mientras las luces y los láseres acompañaban cada canción. Después, “Without a Warning” prolongó unos minutos la despedida.
Pero The Weeknd todavía guardaba una última carta. Regresó para el bis con “House of Balloons”, un viaje directo a los orígenes de aquel personaje que ahora dominaba uno de los escenarios más grandes del mundo. Mientras sonaba la canción, la organización lanzó enormes globos sobre la pista que comenzaron a saltar de un lado a otro entre el público. Después llegó “Moth to a Flame”, con la que The Weeknd puso el punto final a la noche.
Durante el concierto también hubo espacio para momentos más cercanos. Abel se acercó al público, interactuó con sus seguidores e incluso cantó “Out of Time” junto a una persona elegida entre el público. La química con Madrid fue constante durante toda la noche y el cantante se mostró cercano, cariñoso y especialmente agradecido con quienes tenía delante. Por momentos, la distancia entre una de las mayores estrellas del planeta y el público parecía desaparecer por completo.
Y quizá ahí estuvo una de las claves de la noche. En un concierto construido alrededor de una ciudad destruida, máscaras doradas, fuego, tecnología y una gigantesca figura robótica, fueron precisamente esos pequeños momentos de cercanía los que devolvieron algo de humanidad al espectáculo.
The Weeknd había convertido el Metropolitano en un mundo postapocalíptico durante más de dos horas. Había recorrido las distintas partes de su enorme escenario, había atravesado más de una década de canciones y había puesto a miles de personas a cantar al mismo tiempo. La primera de las tres noches de Madrid había terminado. Y, al menos durante unas horas, aquel mundo en ruinas había conseguido volver a estar vivo.





