Crónica: Victor Robi

 

La noche en Madrid empezó con ese tipo de expectación que solo aparece cuando un lugar histórico se prepara para algo irrepetible. El Teatro Real, bajo la el ciclo de conciertos de Revolution’65, respiraba como si las paredes hubieran aprendido a anticipar conciertos: un murmullo fino, una tensión elegante, una promesa. Y entonces Neil Hannon salió, y Something for the Weekend disipó cualquier duda. Bastaron dos canciones —la siguiente, Becoming More Like Alfie, terminó de confirmarlo— para entender que The Divine Comedy venía a regalar un concierto para el recuerdo en un escenario mágico.

El tercer tema, The Frog Princess, levantó pasiones y encendió el teatro improvisado en el Palacio: las luces, el dramatismo, la teatralidad natural de Hannon… todo encajaba con una precisión casi narrativa. Norman and Norma y Neapolitan Girl siguieron el camino, sacando las primeras palmas de la noche, como si el público necesitará participar en la historia que se estaba contando.

Hannon, bromista, cómodo, disfrutón, presentó Bang Goes the Knighthood con una actitud más cercana a un actor de musical que a un cantante de banda tradicional. Después llegó Generation Sex, animando a un público respetuoso pero entregado, y Bad Ambassador sonó como un cañón, sólida, expansiva, impecable. La hermosísima A Lady of a Certain Age erizó la piel del Palacio Real, dejando un silencio reverencial que solo rompió la ovación posterior.

Tras ella, llegó el momento cómico: una “pausa de hidratación” en la que Hannon presentó a la banda con humor británico y elegancia despreocupada. Acto seguido, Mar-a-Lago by the Sea abrió la segunda parte del concierto, y el melocotonazo Achilles desató la primera gran ovación de la noche. The Last Time I Saw the Old Man y You’ll Never Work in This Town Again mantuvieron el pulso, esta última agitando algunas sillas con su ritmo bailable.

El júbilo llegó con Our Mutual Friend, donde Hannon volvió a caer desplomado en su enésima interpretación de Óscar, teatral y deliciosa. Desde su último álbum sonó The Heart Is a Lonely Hunter, y luego Ten Seconds to Midnight nos hizo saltar tres décadas atrás para rescatar una barbaridad que sigue cumpliendo años sin perder filo. Absent Friends puso el Palacio a tope, I Like continuó la fiesta, y National Express convirtió la platea en una pista de baile improvisada. Perfecto cierre antes del bis.

El regreso empezó fuerte con How Can You Leave Me on My Own, seguido de la emotiva Invisible Thread, que dejó al público suspendido en un silencio cálido. Y como no podía ser de otra manera, el final llegó con Tonight We Fly. Y vaya que si volamos: por unos minutos, Neil Hannon y compañía elevaron al Palacio Real, convirtiendo la noche en un pequeño milagro pop.

Porque hay bandas que en los grandes recintos se hacen pequeñas, empequeñecidas por la escala, por la solemnidad, por el peso del lugar. Y luego están las otras: las que vuelan. Las que convierten el espacio en aliado. Las que se elevan. The Divine Comedy fue de esas. Y por eso, esta noche en Madrid no fue solo un concierto: fue un recuerdo que ya pertenece a la historia del Palacio.