Crónica: Víctor Robi

 

Regresamos a la mítica Gruta 77 para asistir al directo de una de las figuras imprescindibles del punk rock: Supersuckers. La banda, con varias décadas de trayectoria, continúa defendiendo un territorio sonoro que pocos se atreven a explorar: una mezcla de punk rock crudo, rock and roll clásico y country outlaw que encaja a la perfección con el carácter del emblemático local de Carabanchel.

Antes de su aparición, los americanos cedieron el testigo a los madrileños Dirty Rules, encargados de abrir la noche. Conocidos por su sonido potente y directo, dejaron claras sus intenciones desde el primer minuto. Liderados por un intenso René, que no dejó de empujar al público durante toda la actuación, ofrecieron un set sólido pese a que la sala respondió con cierta frialdad.

Más allá de la tibieza inicial, la banda firmó una actuación contundente y variada, con una impecable Fire Up, una descarga de guitarras que sorprendió a más de uno. Incluso hubo espacio para algún guiño al blues durante los 50 minutos de concierto, un tramo que, sin reinventar nada, resultó divertido y plenamente efectivo.

A las once en punto, y con un público ya impaciente, el trío de Arizona irrumpió en el escenario afilado y directo al grano. Arrancaron con su inconfundible híbrido de punk rock, rock and roll y espíritu outlaw, desatando la euforia colectiva con la aclamada Pretty Fucked Up, coreada por toda la sala y acompañada de los primeros saltos y palmas de la noche.

Eddie Spaghetti, con su habitual mezcla de ironía y carisma, marcó el ritmo desde el centro del escenario mientras la banda lanzaba riffs que recordaban, una vez más, que el rock sigue vivo porque ellos se empeñan en mantenerlo respirando a base de distorsión. Rock-n-Roll Records (Ain’t Selling This Year) y Coattail Rider mantuvieron la intensidad, pero el punto álgido llegó con un pogo gigantesco —limitado solo por las columnas de la sala— durante Creepy Jackalope Eye.

Es cierto que ya no son unos jovenzuelos, pero todavía conservan la capacidad de divertir y hacer bailar. Su vertiente más country brilló con Roadworn and Weary, y el ambiente volvió a encenderse con la genial Rock Your Ass, uno de los grandes melocotonazos de su carrera. El ritmo se resintió ligeramente en los temas posteriores, donde la actuación bajó algunos peldaños, pero la banda recuperó el pulso de cara al cierre con I Want the Drugs y la esperada Born With a Tail, coreada por un público que, a juzgar por la entrega, no parecía estar en su primer concierto de los Supersuckers. Un final a la altura de una banda de este calibre.

Es cierto que el grupo no atraviesa su momento más álgido, pero tampoco importa demasiado: siguen consiguiendo divertirnos y hacernos sudar con canciones que ya forman parte de nuestra memoria colectiva. Mientras eso siga ocurriendo, solo podemos desear larga vida al rock and roll y a la banda más grande de rock ’n’ roll del mundo.