Crónica: Marta (lachicaindiecool)

 

El 27 de diciembre de 2025 quedará marcado en la memoria colectiva de Shinova y de su público. Desde horas antes de la apertura de puertas, los alrededores del Movistar Arena de Madrid se llenaron de largas colas y expectación palpable: era la primera vez que la banda vizcaína actuaba en este recinto, y la ocasión exigía estar a la altura.

La velada arrancó con los DJs Pope y Sito, llegados desde Aranda, que calentaron el ambiente mientras una gran bandera ondeaba con el nombre de Shinova, anticipando el carácter ceremonial del concierto. La banda apareció vestida de riguroso negro, con Gabriel luciendo detalles dorados como guiño simbólico a ´El Presente´. El despliegue visual fue contundente, elegante y perfectamente sincronizado con la narrativa sonora. “El sueño que teníamos desde que éramos niños”, confesaron, dedicando el concierto a Andrés (Tara), cuya presencia emocional sobrevoló toda la noche.

El arranque con “Lobos” y “Gloria” marcó un tono épico, seguido de “El álbum”, cuyo estribillo —nada es para siempre— resonó como declaración vital. “Niña Kamikaze” y “Para cambiar el mundo” consolidaron una primera parte sólida, demostrando un directo preciso.

Uno de los grandes valores del concierto fue el cuidado con el que se integraron las colaboraciones. La primera llegó de la mano de Gisme (Ultraligera), con “No cambiaría nada” “Europa”, reforzando el sentido de comunidad artística que siempre ha rodeado al grupo. “Alas” con la incorporación de unas llamaradas de fuego, permitió a Dani brillar con un solo de guitarra de gran carga expresiva.

El viaje continuó hacia `La buena suerte´ con “Ídolos”, interpretada junto a Manuel Colmenero, productor clave en la trayectoria de Shinova, que acompañó a la banda con el ukelele en un momento íntimo y cargado de simbolismo. Hubo también un guiño a Robe con “So payaso”, recibido con entusiasmo generalizado.

La emoción alcanzó nuevas cotas con la aparición de Rozalén y Bea Romero, intérprete de lengua de signos, en “Volver” “Vuelves”. Las palabras de Rozalén, llenas de admiración y afecto, evidenciaron una complicidad genuina que trascendió lo musical.

El público fue parte activa del espectáculo gracias a las pulseras luminosas, que vibraban y mutaban de color según cada tema. En “Mirlo blanco”, el blanco inundó el recinto, culminando en un bis que puso en pie a todo el Movistar Arena. Llegaríamos como pasajeros de un avión a “Berlín”, “un gran viaje” estableciendo un paralelismo entre el viaje vital de la banda y la gira. Las visuales del barco de papel en ´Cartas de navegación´ reforzaron esa sensación de travesía compartida.

Tras una pausa reflexiva sobre el tiempo en el estudio y la importancia de las letras —“tres minutos en los que cabe una vida” llegó uno de los momentos más especiales de la noche: “Los días que vendrán”, con la voz de Nina de Juan (Morgan), que aportó una delicadeza y un tono jazzística culminada en “Voy a pensar en ti”.

Un inesperado incidente médico entre el público detuvo brevemente el concierto. Gabriel bajó del escenario para asegurarse de que todo estuviera bajo control, demostrando una vez más la humanidad del grupo. La calma regresó con uno de sus últimos singles “Toda gira y vuelve” y “Si no es contigo”.

La tercera parte adoptó un formato acústico, con la banda acercándose físicamente al público. “Ovnis y estrellas” tiñó el recinto de amarillo bajo un silencio respetuoso, seguido de “Palabras”, recuperada tras tiempo sin sonar, con miradas cómplices entre los músicos.

La raíz y la energía se unieron con Tanxugueiras en “Movemento”, llevando Galicia al corazón del rock alternativo. Shuarma (Elefantes) se sumó en “Qué casualidad”, con las pulseras en azul, antes de “Al olvido”.

“Hemos marcado una X en el mapa… hay un inicio, un final y lo del medio es nuestro”. Con esa reflexión se acercaba el desenlace: “Antes de que todo acabe”, seguida de los himnos “La sonrisa intacta”, acompañada de globos multicolores, y “Te debo una canción”, probablemente el agradecimiento más sincero y conmovedor que han cantado jamás. Todo ello, en memoria de Tara.

La despedida llegó al ritmo de Backstreet Boys, con todo el recinto celebrando. Dos horas de concierto impecable, donde cada integrante tuvo su espacio, cada colaboración su sentido y cada canción su lugar. Lo que se vivió fue mucho más que un cierre de gira: fue la constatación de que Shinova no solo ha llegado hasta aquí, sino que lo ha hecho acompañado, con verdad, y con la mirada puesta en los días que vendrán