Crónica: Victor Robi
Gracias a Live Nation, anoche la Sala BUT recibió a Shame, una de las bandas que mejor ha sabido mantener vivo el pulso del post‑punk británico contemporáneo. Las expectativas eran altas: su reputación como grupo incendiario en directo les precede, y desde el primer segundo quedó claro que venían a justificarla. Charlie Steen salió al escenario como si lo hubieran lanzado desde un trampolín invisible, recorriendo de lado a lado con un frenesí casi animal, dispuesto a convertir la sala en un hervidero.
Axis of Evil abrió la noche con un arranque algo accidentado: pequeños problemas de sonido dejaron la voz enterrada en la mezcla. Pero la energía de Steen, que parecía decidido a compensar cualquier fallo técnico a base de pura presencia física, solventó el tropiezo en cuestión de segundos. Concrete llegó como una descarga eléctrica, desatando el primer pogo serio de la noche, con todo el mundo gritando el estribillo como si fuera un lema compartido. Shame mostraron desde el principio ese lado gamberro que los caracteriza, una actitud que recuerda por momentos al descaro de The Hives, pero con un filo más urgente, más áspero.
Tasteless cayó como un cañonazo, reafirmando la faceta más post‑punk del grupo, esa que no da respiro y que convierte cada golpe de batería en una orden de movimiento. Cowards Around amplificó la sensación, desatando un pogo gigantesco que hizo vibrar el suelo de la BUT. Nothing Better mantuvo la electricidad, mientras Fingers of Steel fue recibida con auténtico júbilo, como si el público hubiera estado esperando ese riff desde el inicio del concierto.

Quiet Life y Lampião mantuvieron el pulso alto, mientras Born in Luton y Adderall demostraron que Shame no solo son energía: también saben construir himnos. Adderall, en particular, sonó como un futuro clásico del rock alternativo, con ese equilibrio entre urgencia y melodía que tan bien manejan. Water in the Well reforzó esa sensación, mostrando a una banda que, cuando quiere, puede sonar monumental.
Spartak y Snow Day prepararon el terreno para un final de concierto absolutamente explosivo. One Rizla, convertido ya en un melocotonazo generacional, fue el tema más coreado de la noche: la sala entera cantó cada palabra como si fuera una declaración personal, un momento de comunión total entre banda y público. Y Cutthroat cerró el set con la escena más salvaje del concierto: Steen surfeando sobre la multitud, sostenido por decenas de manos mientras la banda disparaba el último ataque sonoro de la noche.
Shame demostraron ser un cañón en directo, una banda que entiende el caos como una forma de comunicación y que convierte cada concierto en un ritual físico. Charlie Steen es un showman nato, capaz de transformar cualquier sala en un campo de batalla festivo. Fue un show divertido, sudoroso y vibrante, donde cada canción empujó al público un poco más hacia el descontrol. Una noche que no se escucha: se vive, se grita y se sobrevive.





