Rosalía ha convertido el Movistar Arena en su particular catedral durante cuatro noches, colgando el cartel de «no hay billetes» en una demostración de poderío que trasciende lo musical. En esta segunda parada de su Lux Tour, la artista no solo reafirma su estatus de icono global, sino que eleva el concepto de espectáculo a una categoría casi litúrgica. Con una magnifica puesta en escena y una madurez vocal que roza lo místico, el concierto se presenta como una exploración de la fe, el deseo y la redención. Tras el éxito rotundo del pasado lunes 30 de marzo, Madrid se entregó de nuevo al magnetismo de una artista que parece jugar en una liga propia, una misa mayor para la generación de la hiperconectividad.
A toda esa puesta en escena, hay que sumarle el plus de llevar consigo un orquesta de clásica situada estratégicamente en el centro del recinto. Unos músicos que ocupaban sus posiciones al son del “Ángel” de Jimi Hendrix preparando el terreno para la aparición de la deidad. Y la deidad aparecía en escena dentro de una caja blanca situada en el centro del escenario. Emulando a una delicada bailarina de cuerda, lucía un tutú rosa y un moño pulido para arrancar el primer acto con “Sexo, violencia y llantas” que pronto derivó en la devoción de “Reliquia”. Tras la delicadeza de “Porcelana” y la elevación de “Divinize”, la artista se detuvo para confesar su idilio con la capital: ‘¿Como están Madrid? Yo la verdad que muy contenta de volver a pisar este escenario. Hace unos días, el lunes, ya hablé del amor que tengo a esta ciudad, tanto que viví aquí en un momento de mi vida. Me mudé y todo a Madrid. Me he recorrido las calles de Madrid múltiples veces y de alguna manera he ido haciendo caminos que me han llevado constantemente aquí. Siempre me he sentido muy acogida porque me da la oportunidad de cantar muchas veces… y gracias por volverme a dar la oportunidad’. Fue el preludio perfecto para un tema actual, “Mio Cristo piange diamanti”. Una oda en italiano inspirada en la amistad entre Santa Clara y San Francisco de Asís donde una Rosalía, vestida de blanco, alcanzó una pureza lírica como una oración que no busca respuesta.
El segundo acto rompió la calma monacal para lanzarnos a la pista de baile. “Berghain” se transformó en su tramo final en un aquelarre tecno que nos transportó directamente a las entrañas del club berlinés. ‘¿Donde están mis chulapos y mis chulapas?’, gritó antes de arrancar los motores de “SAOKO” y “LA FAMA” o bajar las revoluciones con “De madrugá”. La transición hacia el tercer acto trajo consigo “El redentor” y la versión del “Can’t Take My Eyes Off You” de Frankie Valli donde Rosalía, enmarcada como una Gioconda moderna, permitió que unos pocos elegidos la observaran desde el escenario como si de una pieza de museo se tratase.
Turno para que la rapera Thais Amores García, más conocida como Metrika, se uniera al confesionario de Rosalía para contarle la infidelidad de su pareja y presentar “La perla” bajo un despliegue visual que rozaba lo cinematográfico. La cercanía volvió con “Sauvignon blanc”, interpretada sobre el piano o “La yugular”. Con “Dios es un Stalker”, que utiliza para darse un baño de masas hasta llegar al centro del Movistar Arena junto a los músicos de orquesta, nos presenta “La rumba del perdón”, dedicada a un niño que llevaba una pancarta donde se leía que la artista era su ‘mejor regalo de comunión’ y, “CUUUUuuuuuute”, entrelazada magistralmente con el “Sweet Dreams” de Eurythmics.





