Fotos: Sergio García Lavilla / Crónica: Mercedes Márquez

 

Un año más cuando los rigores del verano empiezan a pasar factura en la capital, volvemos al Parque Tierno Galván para disfrutar de los conciertos que este año convergen bajo el ciclo La Carbonería del Galván.

El ciclo traerá grupos como Miss Caffeina, Rosana, Gipsy Kings, Albert Plá y el que abre nos ha traído hasta aquí, el asturiano Rodrigo Cuevas.

Después de la retirada del Alma Festival el testigo lo ha recogido la Carbonería, con un cartel más nacional, pero manteniendo el formato en el Auditorio del Planetario, pese a los problemas que han tenido con los vecinos por el tema de la contaminación acústica.

Con un lleno casi absoluto (quedaba algún espacio en la zona alta) esperábamos a que los últimos rayos de sol se ocultasen en el horizonte para poder disfrutar del espectáculo de la gira Romería, que es un manifiesto político y estético dividido en cuatro actos que transita desde el nacimiento de la belleza hasta el éxtasis de la muerte.

El Bloque I lleva por título BLZA o el Despertar de la Belleza, donde Rodrigo hace su aparición con un traje blanco y unas plumas que hacen referencia a las alas de un ángel. Primeas notas de Un Mundo Feliz, con el que iniciamos un viaje sonoro y atmosférico, donde la producción musical, arropada por bases contemporáneas que recuerdan el pulso de los clubes europeos, sumerge al público en un estado de hipnosis colectiva.

Sin dar tregua, BLZ nos muestra a Cuevas frente al espejo, maquillándose para el viaje, que continua con La hermana cautiva, la voz de Cuevas, limpia, profunda y cargada de una teatralidad orgánica, eriza la piel de los asistentes. El pulso se acelera con Asturcón y su juego de luces que emula la fuerza de la naturaleza asturiana, el tema galopa entre una electrónica pesada y el orgullo de pertenencia. El primer gran delirio colectivo de la noche estalla con Allá arribita, himno a la libertad y al disfrute sin prejuicios, donde Rodrigo despliega todo su carisma vocal y sus característicos movimientos pélvicos y teatrales; cerrando con el envolvente y sensual con Valse.

El Bloque II representa el Cortejo (La Seducción y el Hilván de la Memoria), arrancando con Xardineru., continua con la picardía continúa con El pañuelín, donde las coreografías, ejecutadas con una precisión desarmante junto a sus músicos, destilan un erotismo rural irresistible. La complicidad entre el artista y su equipo es palpable, contagiando una sensación de fiesta compartida, de romería de prau trasladada a un escenario de gran formato. La temperatura llega a su punto de ebullición con Muñeira para a filla da bruxa.  Para rebajar las revoluciones y reconectar desde el afecto, Rodrigo ofrece Sácame a bailar. Es una invitación directa, tierna y rítmica a la pista de baile. Una tregua festiva antes de adentrarse en el momento más denso e importante de la noche con Rambalín dando paso al siguiente bloque.

El Bloque III es el de la Romería (La Gran Fiesta Pagana), el núcleo duro de la celebración: la comunión, el sudor y el grito de libertad colectiva que da nombre a su último trabajo discográfico. La transición se inicia con la delicadeza poética de La playa y Casares. El ritmo vuelve a morder con Veleno, donde los ritmos urbanos y los patrones folclóricos se mezclan en una pócima perfecta y adictiva.

El desenfreno absoluto se desata con el Xiringüelu, clásico asturiano es deconstruido, acelerado y triturado por sintetizadores, transformándolo en una auténtica bacanal electrónica. Con Más animal damos paso al final de espectáculo.

El Bloque IV o  Muerte (El Tránsito hacia el Éxtasis) empieza con El día que nací yo, en un giro magistral hacia la copla y el melodrama patrio, Rodrigo se adueña del escenario con una fuerza teatral descomunal. La transición hacia la luz definitiva se produce con Una Muerte Ideal, que lejos de la oscuridad, la electrónica vuelve a tomar el control para narrar un tránsito luminoso, bailable y profundamente liberador.

El broche de oro lo pone La fiesta, donde el escenario se convierte en una romería total donde los músicos, los bailarines y un público exhausto, sudoroso y conmovido se funden en una sola energía. Es el final perfecto para un ritual de dos horas que ha removido conciencias y articulaciones a partes iguales.

Rodrigo Cuevas y su banda se despiden bajo un aplauso ensordecedora mientras los asistentes abandonan el recinto, con la certeza de haber presenciado un espectáculo único en la escena actual. En tiempos de algoritmos y propuestas prefabricadas, La Romería brilla como un recordatorio de que el futuro de la música se escribe recuperando la raíz, abrazando la diferencia y, sobre todo, bailando en comunidad.

Imprescindible en directo.