Crónica: Victor Robi

 

Era mi primera vez viendo a Papangu en directo, pero no por falta de oportunidades: era su primera visita a España, que gracias al Mad Psych Fest hacía su debut en nuestro país. Y había algo especial en esa expectativa compartida, en esa sensación de estar viviendo un momento irrepetible. La Sala El Sol, tan acostumbrada a noches memorables, parecía contener la respiración antes de que empezara todo. Y cuando empezó, entendimos que no íbamos a presenciar un simple concierto, sino una experiencia que se quedaría grabada.

Colosso abrió la noche como un portal. No una canción: un umbral. La banda entró con una seguridad tranquila, como quien sabe que trae algo grande entre manos. Desde el primer golpe de sonido, quedó claro que Papangu no se presentan como una banda, sino como un estado mental compartido. Y en cuanto entran, ya no hay vuelta atrás.

La psicodelia abrazó al jazz con una naturalidad casi orgánica. Los temas se enlazaban como si estuviéramos asistiendo a una jam session continua, pero sin perder nunca el pulso, incluso cuando cambiaban de bajo en mitad del mismo tema. Todo fluía. Todo tenía sentido. Todo parecía estar vivo.

El clarinete —ese clarinete que parecía sacado de un juego de rol de la SNES— se convirtió en un guía espiritual, un hilo conductor que llevaba la música hacia lugares inesperados. Por momentos, la banda se tornaba oscura, casi ritual, como si estuvieran rozando el post‑rock más atmosférico. Y en otros, la luz volvía a entrar, cálida, expansiva, casi celebratoria.

El bloque formado por Boitatá, Oferenda no Alguidar y Celeste fue un pequeño milagro. Ahí Papangu brillan más que en ningún otro lugar: en los tramos místicos, donde la música se vuelve líquida y el jazz aparece como una bruma que envuelve todo. En esta noche de verano, todo fluía con una suavidad que parecía imposible.

El primer gran estallido emocional llegó con Mau‑Olhado, un melocotonazo absoluto que desató un tramo espectacular. La sala empezó a moverse como un solo cuerpo. La banda, consciente de ello, buscaba palmas, buscaba miradas, buscaba conexión. Y la conseguía siempre. Papangu son una explosión que genera una fiesta sin esfuerzo, una energía que se contagia sin pedir permiso.

La química entre ellos es magnífica, y se notó especialmente cuando subieron a alguien del público a tocar el triángulo. Ese gesto, tan sencillo como hermoso, rompió cualquier distancia. Poco después, toda la sala terminó cantando São Francisco, entregada, luminosa, viva. Tras ese momento, llegó la descarga eléctrica: Maracutaia y el tramo más desatado de São Francisco mantuvieron la fiesta en alto, como si la noche no quisiera terminar.

Y por si faltaba algo, Papangu sacaron su faceta funk con Calado (de Olho) y Taxidermia, demostrando que pueden moverse en cualquier terreno sin perder identidad. La gente bailaba sin parar. Algunos incluso se lanzaron a un pogo improvisado, como si la música hubiera abierto una puerta a la euforia colectiva.

El clímax emocional llegó con Sol Raiar. Un apagón inesperado cortó la electricidad, pero no la magia. La banda improvisó con instrumentos acústicos, creando un momento íntimo, casi ceremonial, que convirtió la sala en un pequeño templo. Cuando volvió la luz, el tema explotó de nuevo, como si la noche hubiera decidido renacer.

El cierre llegó con Afirmação, un final por todo lo alto que dejó a la sala completamente entregada. Locura total. Belleza total. Una de esas noches que se quedan grabadas. Y qué manera de debutar en España, por si alguno se quedó con ganas de más o de verlos nos avisaron que volverían en la primavera del 2027