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Crónica y fotos: Maria Simón

 

El Movistar Arena de Madrid vibró como si fuera el corazón palpitante de una ciudad rendida a su reina. Nathy Peluso aterrizaba en la capital para, según todo apuntaba, cerrar la gira de GRASA a lo grande. Y lo hizo sin reservarse absolutamente nada.

Desde el primer golpe de “Corleone”, quedó claro que aquello no iba a ser un concierto más. La argentina salió con presencia arrolladora, magnética, dueña del escenario y del tempo. “Aprender a amar”, “Business Woman”, “Legendario” y “Real” mantuvieron la tensión arriba, con una banda impecable y tres bailarines que ejecutaban coreografías milimétricas, potentes y elegantes, amplificando cada acento musical con el cuerpo.

El ritmo no decayó en ningún momento. “Delito”, “Ateo”, “La mentira” fueron cayendo como declaraciones de principios antes de uno de los momentos más cercanos de la noche: “Todo Roto”. Mientras cantaba, Nathy bajó de la pasarela al foso para saludar a las primeras filas, abrazar a sus fans e incluso firmar autógrafos sin perder el aliento ni la afinación. Un gesto de entrega total que encendió aún más a un público que ya estaba completamente rendido.

Pero si hubo un instante verdaderamente íntimo fue con “El día que perdí mi juventud”. Sentada en un asiento en mitad de la pasarela, introdujo la canción como un ritual: el ritual del amor verdadero y de la conciencia. Habló de la responsabilidad y el privilegio de poder inspirar, de seguir brillando con ilusión, de amarse y priorizarse, de no permitir que nadie les diga que son menos o que no pueden. Invitó a confiar en el pálpito, en la intuición, en uno mismo. Agradeció a sus fans por dejarla crecer como mujer y artista, por fabricar memorias junto a ella, y recordó que la música es su camino y el de todos. El pabellón respondió levantando miles de linternas que transformaron el recinto en un cielo estrellado, creando una atmósfera cálida, emocionante, casi sagrada.

Tras esa pausa emocional, llegó la explosión: “Emergencia” convirtió el Arena en un salto colectivo sincronizado. Nadie se quedó quieto. Luego “Salvaje” y “Menina”, donde apareció Luna de Santana para acompañarla, añadieron un punto de complicidad y celebración antes de un giro definitivo.

Entonces llegó el bloque de salsa —y el cambio de outfit— marcando una nueva era dentro del mismo show. Con “Envidia”, Nathy dejó de cantar para escuchar al público corear el tema a pleno pulmón, un momento de comunión pura. “Mafiosa”, “Puro Veneno”, “La Presa”, “Malportada”, “Insensata”, “Que Lluevan Flores”, “A Caballo”, “No es otra canción romántica” y “Buenos Aires” confirmaron que la artista domina cualquier registro con la misma autoridad.

Entre canción y canción, el público le regalaba un cántico espontáneo y constante: “¡Y guapa, y guapa, y guapa! ¡Y reina, reina, reina!”. Ella sonreía, agradecida, pero sin perder nunca el pulso escénico.

La recta final fue apoteósica. “Vivir así” se convirtió en un coro multitudinario, con todo el Movistar Arena cantando al unísono. Al terminar, Nathy presentó a su banda —diez músicos de altísimo nivel— poniendo nombre y rostro al engranaje perfecto que sostuvo el espectáculo durante toda la noche. Y para cerrar y con la voz aún encendida, lanzó el grito definitivo:

“¡QUE VIVA GRASA!”

Madrid respondió como se responde a los finales que no se olvidan: de pie, con el corazón acelerado y la sensación de haber presenciado no solo un concierto, sino una celebración de identidad, fuerza y comunidad. Si era el último de la gira, fue el cierre que una artista total merece: intenso, luminoso y absolutamente inolvidable.