Crónica: Sergio García Lavilla / Fotos: Sergio Albert Avilés
Hablar de Morrissey es adentrarse en uno de los laberintos emocionales más fascinantes y desquiciantes de la historia del pop global. Nacido en Mánchester, Steven Patrick Morrissey redefinió en los años ochenta el concepto de la estrella de rock al frente de The Smiths.
Tras la abrupta disolución de la banda, su carrera en solitario consolidó su estatus de icono de culto, capaz de convocar una devoción casi religiosa. Sin embargo, en las últimas décadas, su figura ha mutado en una paradoja constante, un artista genial ensombrecido por sus polémicas políticas, cancelaciones de giras a última hora (1 de cada 3) y un desencanto explícito con la industria musical.
Su voz, un barítono maduro y resonante que desafía el paso del tiempo, sigue siendo un faro para quienes buscan refugio en el drama melodramático del crooner más controvertido del indie, cantando sobre la agonía de no poder salir de la cama, la belleza trágica de la soledad y la alienación urbana.
Después de la gira española por Valencia (cancelado), Sevilla y Zaragoza en marzo, nos sorprendía volviendo a Barcelona y Madrid (después de más de 10 años sin pisar la capital) en pleno periodo estival.
La cita era en el Movistar Arena de la mano de Primavera Tours con una entrada discreta (el recinto estaba al 50% y la grada supletoria un poco más pero sin llegar a llenarse).
La cita sin teloneros tenía la tensión contenida de cualquier concierto del inglés, una mezcla de devoción y desconfianza ante la duda sutil de si el concierto realmente se realizaría, o había habido algún inconveniente que hubiese hecho que la estrella desestimara la actuación.
El recinto se iba llenando de trajes oscuros, camisas desabrochadas, tupés cuidadosamente peinados que desafiaban la gravedad y camisetas viejas de The Queen Is Dead componían el paisaje humano, mientras la espera se iba amenizando con una serie de videoclips proyectados en el escenario, extractos de películas de la Nouvelle Vague hasta actuaciones vintage de Nico, Brigitte Bardot y los New York Dolls, intercalados con recortes de prensa sobre crueldad animal.
Sobre el horario previsto, las luces se apagaron y un estruendo ensordecedor daba paso a Morrissey, con paso firme, la mano en el pecho y esa sonrisa entre burlona y agradecida, saludó a la multitud antes de que la banda descargara los primeros acordes.
La noche arrancó con Billy Budd, una elección enérgica extraída de Vauxhall and I que dejó claras dos cosas desde el segundo uno: la banda suena como un martillo neumático de precisión y la voz de Morrissey conserva una potencia lírica intacta. Sin dar un segundo de tregua, enlazaron con I Just Want to See the Boy Happy. La iluminación viró a un rojo sangriento mientras el ritmo machacón del tema inundaba la pista. Acto seguido sonó The Youngest Was the Most Loved o se intuyó porque el sonido estaba siendo realmente malo (no suena bien el Movistar por mucho que se empeñen en decir lo contrario), tal vez por que no estaba lleno o porque no es un recinto adecuado para conciertos (Radiohead horroroso).
El primer gran terremoto de la noche llegó cuando sonaron las primeras notas de Shoplifters of the World Unite, primer tema de los Smiths que hizo que el Movistar se viniera abajo. La transición hacia First of the Gang to Die mantuvo la adrenalina en lo más alto, para dar paso a la parte central del show con temas más recientes como Kerching Kerching, Make-Up Is a Lie, Zoom Zoom the Little boy, sirvió para rebajar las pulsaciones, ofreciendo una estampa de crítica social cargada de su cinismo habitual hacia el consumismo y la codicia.
Sin embargo, el estallido definitivo de la noche estaba al caer. El riff infinito de How Soon Is Now? sumergió al publico en un trance hipnótico, mientras la voz de Morrissey resonaba con una gravedad cavernosa: «I am human and I need to be loved…», simplemente épico (lo más cerca de los Smiths que estaré nunca).
Uno de los momentos más comentados de la velada fue con The Bullfighter Dies, donde Morrissey nunca ha escondido su visceral rechazo a la tauromaquia, y cantar este tema precisamente en Madrid era una declaración de intenciones. Mientras en la pantalla gigante se proyectaban imágenes desgarradoras de corridas de toros, Morrissey entonó el estribillo con un tono entre festivo y sarcástico
Las notas iniciales de piano de I Know It’s Over congelaron el aire del Movistar, cada verso sobre la soledad y el mar se sintió como una confesión privada cantada y al llegar a la resolución la voz de Morrissey se quebró con precisión dramática. Para rescatar a la audiencia del abismo emocional, Everyday Is Like Sunday era el contraste perfecto.
El tramo final antes del bis fue una auténtica apisonadora con The Monsters of Pig Alley, la vibrante Suedehead, la rabiosa Irish Blood, English Heart, cerrando el set principal con una versión aterradora y teatral de Jack the Ripper, envueltos en densas capas de humo blanco donde la figura del cantante aparecía y desaparecía como una sombra amenazante en el East End londinense.
Tras breves minutos de oscuridad y cánticos enfervorizados que reclamaban su regreso, la banda volvió a pisar las tablas. Las primeras notas de guitarra sintética de There Is a Light That Never Goes Out desataron la locura definitiva entre los asistentes que esperaban el tema mítico que Smiths incluyeron en el mágico LP The Queen is Dead (1986). Al sonar la última nota, Morrissey dejó caer el micrófono al suelo saliendo como entró, con esa aura que solo los más grandes tienen, añorando la vuelta de Smiths, aunque sea en modo Oasis (no hace falta que se hablen entre ellos).
Con You’ll Never Walk Alone de Judy Garland a modo de BSO de despedida, salimos a la calle canturreando There is a light a la espera de volverle a ver en mejores condiciones sonoras que fue el único punto negro de la noche.





