Crónica: Mariángel Vera Fermín / Fotos: Lucas Beltrán
“Sin aditivos, ni calorías”: ese es el eslogan de Limón Dulce, una banda que juega con la contradicción de anunciarse como carente de todo, mientras desbordan ironía y ruido. Desatan un sonido explosivo, cargado de un sarcasmo cítrico al que los cuerpos reaccionan en cadena, como a los caramelos carbonatados Peta Zetas.
Cuando Limón Dulce sale a escena, el espectador en la sala libera esas partículas de irreverencia al contacto de su energía con los sentidos. Puede que sean las camisas y corbatas que visten, con toda la seriedad que uno es capaz de encarnar cuando va a cantar temas como el introductorio Dame una Ayudita (Por Favor), pero su presencia en el escenario se percibe mucho antes de que suenen las primeras notas.
La comedia sobre la que construyen su música es precisamente lo que los aleja de cualquier pretensión, creando un espacio dedicado a la sencillez (o complejidad) de pasarlo bien. Todos éramos, al menos en la práctica, colegas durante los pogos que se sucedían, casi por pura inercia, a lo largo del concierto. Canciones como Animales de Compañía y Loco sembraron las semillas del desenfreno para el resto de la noche.

Hay quien ha querido suplantar la identidad del verdadero hombre, y declararse inspiración de la canción Casa de Iko; sin embargo, con la potencia de David García en la batería en directo, es fácil sentirse parte de la fiesta de aquella noche. Justo después, salió a la luz la faceta más melosa de la agrupación con Tú y yo: Un recordatorio urgente de que hasta el metal alberga amor, envuelto en una melodía de clara influencia grunge.
Tocaron, tan bien como pudieron y pidiendo perdón antes de empezar, uno de sus últimos temas compuestos, Letterboxd; para continuar con una versión de la ya mítica Palos, de La Paloma. Gracias a los coros de Pablo Bastida, también guitarrista, las voces de Limón Dulce subieron de nivel, estableciéndose uno de sus sellos distintivos.

Y llegó el momento de la despedida con Bangladesh: la fusión final del sudor y la admiración en una única energía. En las corrientes de distorsión propias de los altavoces, cuando la fuerza se vuelve incontenible, el rastro de Limón Dulce en el paladar dejó el listón bien alto.










