Crónica: Mariángel Vera Fermín / Fotos: Lucas Beltrán

 

“Sin aditivos, ni calorías”: ese es el eslogan de Limón Dulce, una banda que juega con la contradicción de anunciarse como carente de todo, mientras desbordan ironía y ruido. Desatan un sonido explosivo, cargado de un sarcasmo cítrico al que los cuerpos reaccionan en cadena, como a los caramelos carbonatados Peta Zetas.

Cuando Limón Dulce sale a escena, el espectador en la sala libera esas partículas de irreverencia al contacto de su energía con los sentidos. Puede que sean las camisas y corbatas que visten, con toda la seriedad que uno es capaz de encarnar cuando va a cantar temas como el introductorio Dame una Ayudita (Por Favor), pero su presencia en el escenario se percibe mucho antes de que suenen las primeras notas.

La comedia sobre la que construyen su música es precisamente lo que los aleja de cualquier pretensión, creando un espacio dedicado a la sencillez (o complejidad) de pasarlo bien. Todos éramos, al menos en la práctica, colegas durante los pogos que se sucedían, casi por pura inercia, a lo largo del concierto. Canciones como Animales de Compañía y Loco sembraron las semillas del desenfreno para el resto de la noche.

Alberto Loranca, cantante de la banda, afrontaba sus nervios con gracia, como quien se acostumbra al sabor de una limonada agria, canción a canción. Con el paso de los minutos, las tensiones se diluían sobre el escenario, dando lugar a momentos de magia colectiva como el de Stefan Savić, una defensa rockera al Atlético de Madrid.

Hay quien ha querido suplantar la identidad del verdadero hombre, y declararse inspiración de la canción Casa de Iko; sin embargo, con la potencia de David García en la batería en directo, es fácil sentirse parte de la fiesta de aquella noche. Justo después, salió a la luz la faceta más melosa de la agrupación con Tú y yo: Un recordatorio urgente de que hasta el metal alberga amor, envuelto en una melodía de clara influencia grunge.

Tocaron, tan bien como pudieron y pidiendo perdón antes de empezar, uno de sus últimos temas compuestos, Letterboxd; para continuar con una versión de la ya mítica Palos, de La Paloma. Gracias a los coros de Pablo Bastida, también guitarrista, las voces de Limón Dulce subieron de nivel, estableciéndose uno de sus sellos distintivos.

Su lanzamiento más reciente y, con una buena campaña publicitaria, su posible catapulta a la fama, Que Vuelvan Los Nastys, fue la puesta en valor definitiva de Bastida como guitarrista. Junto a Alex Rodríguez, el bajista, forman un dúo capaz de esculpir éxitos a partir de unas pocas notas envueltas en fuego, mientras ambos disfrutan como niños cada instante entre las cuerdas.

Y llegó el momento de la despedida con Bangladesh: la fusión final del sudor y la admiración en una única energía. En las corrientes de distorsión propias de los altavoces, cuando la fuerza se vuelve incontenible, el rastro de Limón Dulce en el paladar dejó el listón bien alto.