Crónica: Mariángel Vera Fermín / Fotos: Lucas Beltrán
A partir de una pulcritud y una atención al detalle sin igual, un sonido post-punk de aristocracia francesa, nace la banda favorita de tu banda favorita, La Plata. Procedentes de Valencia, han construido su identidad con la precisión de un cirujano siguiendo las influencias de su tierra: la constante aleación entre modernismo y espíritu rebelde.
Este sábado, en la Sala Copérnico, dieron un concierto de una calidad bastante elevada.

Salieron al escenario puntuales, con la confianza del que confía en sus capacidades tanto interpretativas como musicales. El interludio final de su último disco, Interzona, abrió la noche con la expectación de un sonido creciente, que estallaría en los acordes de guitarra (Salvador) y los golpes de batería (Miguel) de mirar atrás y la vida real, poniendo en valor un álbum cuya precisión ha tenido una respuesta más bien negativa en líneas generales.
La sofisticación del proyecto, al contrario de lo esperado por la banda, ha resultado en una decadencia en su posición dentro del panorama. Puede que sea por su orientación cada vez más indie pop, o por la idea tan establecida, para muchos inamovible, de que el rock ha de ser sucio, libre y desenvuelto.
Continuaron con algunas canciones de su segundo disco, Acción Directa, como Victoria, un tema en el que la repetición es clave para crear un groove, reforzado por el piano, a cargo de Patricia, tan característico que la integra; Hoy el sol, con influencias del shoegaze; y Volar, una letra cantada con una enorme sinceridad cuyo complicado ritmo de batería se quedó a medio camino en el directo.
Arderemos dio comienzo a una segunda sección del concierto más punk, más fuerte. Las voces de María (bajista) y Diego (cantante y guitarra) interpretaron una versión de esta canción a dueto, al puro estilo de una canción en la que uno pregunta, y otro responde. Sueños, como tema, es la convergencia entre una instrumental punk y unas voces de shoegaze; en directo, fue la mecha que encendió al público.
Tocaron con tanta tristeza Tu cama, que realmente quedó claro que ni era una canción de amor ni pretendió serlo jamás. La siguiente, Incendio, junto con la anterior, forma parte de esas canciones de mitad de disco de su primer proyecto, Desorden. Estas canciones fueron decisivas para la creación de un sonido que ha mutado con los años para dar lugar a uno más parecido al de brillando siempre, la canción sucesiva. música infinitiva y niebla pusieron fin a esta sección intermedia.

Ángel Gris fue el desahogo final, la liberación necesaria para poder afrontar la última canción impecables, intactos del combate. La guitarra y el bajo repetitivos pero en sincronía de la canción aportaban una personalidad inconfundible. No pudieron haber elegido una canción mejor que Me voy para terminar el concierto. La letra era lo de menos: el piano, con su aura angelical, amainaba el sentimiento inminente de la batería, que cesó junto a una guitarra distorsionada.
Entonces, se encendieron las luces de la sala.










