Crónica: Victor Robi
Mad Psych Fest convirtió anoche la Wurlitzer en un hervidero psicodélico con un doble cartel que difícilmente podrá repetirse. Octopus Garden y Holotropics compartieron escenario y espíritu: dos bandas distintas, dos maneras de incendiar el directo, una misma voluntad de dejar la sala temblando.
Octopus Garden fueron los primeros en aparecer, arrancando con una canción que creció como una ola lenta, una introducción instrumental que fue tomando forma hasta convertirse en una descarga expansiva. Desde ese primer ascenso quedó claro que la banda venía a jugar fuerte: guitarras tensas, bajo profundo, una batería marcando el pulso de algo que estaba a punto de explotar.
Tras ese inicio, enlazaron varios temas nuevos —todavía sin título oficial— donde el post‑rock y la psicodelia se mezclaron en capas que chocaban y se abrazaban sin perder nunca el pulso. El melocotonazo de la noche llegó con Shinobi–Tortoise, un mazazo: tema largo, tenso, matemático y cañero, donde la banda sonó exactamente a esa mezcla entre precisión quirúrgica y caos controlado. Fue uno de los momentos más intensos del arranque, un golpe de electricidad que terminó de encender la noche.
Parrots llegó como un estallido: enorme, vibrante, con la banda ya en modo arrollador y la sala completamente entregada. Después apareció Red, la versión del clásico de King Crimson, convertida en un cañonazo de fuzz y tensión que hizo retumbar cada rincón de la Wurli. Para rematar, una última pieza inédita cerró el set con autoridad, confirmando que Octopus Garden atraviesan un momento de forma brillante: un directo afilado, lleno de matices, que dejó al público encendido y con la sensación de haber visto a una banda en plena ascensión.
Holotropics arrancaron justo después, sin los miembros taiwaneses, pero con un inicio más ruidoso del esperado que marcó el tono de su actuación: cero tregua. Let Go emergió como la primera gran sacudida, expansiva y vibrante, seguida de Derrumbe, donde la distorsión y la psicodelia se entrelazaron en un caos hermoso. El cantante, muy hablador, conectó rápido con la sala antes de entrar en Alive , que aceleró el pulso y abrió definitivamente la parte más bailable del concierto.
Con Open, la banda alcanzó una velocidad de crucero hipnótica, ritmos repetitivos que atrapaban al público sin descanso. La psicodelia bailable se convirtió en su mejor cara, empujando a la Wurli hacia un trance colectivo que crecía tema a tema. El cierre con Mushroom Fire Marshmallow fue un mazazo final: expansivo, vibrante, un último golpe que dejó la sala suspendida en un acorde que tardó en apagarse.
A diferencia de Octopus Garden, Holotropics sí fueron cortos: poco más de media hora que supo a muy poco, un set intenso pero fugaz que dejó la sensación de que la banda tenía mucho más que ofrecer.
La velada fue estupenda: dos grandes bandas, dos directos intensos y una Wurlitzer que ardió como pocas veces. Octopus Garden ofrecieron un concierto sólido y completo, con Shinobi–Tortoise, Parrots y Red como puntos de referencia entre un mar de inéditos. Holotropics, más ruidosos y bailables, atraparon al público con Let Go , Derrumbe, Alive, Open y Mushroom Fire Marshmallow , pero su brevedad dejó un sabor a deseo. Una noche que no se escucha: se vive y se sobrevive.





