Crónica: Victor Robi

 

La Riviera se convirtió anoche en un territorio fronterizo, un espacio suspendido entre desierto, cordillera y océano. Hermanos Gutiérrez ofrecieron un concierto que no se escucha: se atraviesa. Desde el primer acorde quedó claro que el dúo venía a construir un viaje más que un espectáculo, una travesía que atrapó y sedujo al público sin necesidad de una sola palabra.

El inicio llegó con Hijos del sol, una apertura luminosa que marcó el tono de la noche: guitarras que respiran, que avanzan como un camino polvoriento, que invitan a dejarse llevar. El público entró en trance desde el primer minuto, envuelto en esa cadencia hipnótica que es marca de la casa. El dúo presentó El camino del alma explicando su origen: un viaje en camioneta por la Ruta del Sol en Ecuador, un trayecto que les llevó a saborear corviche, encocado y paisajes que ahora viven dentro de la canción. La Riviera escuchaba en silencio, como si cada nota fuera una postal.

En un momento curioso, pidieron apagar la máquina de humo que molestaba al dúo suizo-ecuatoriano. El gesto, sencillo y espontáneo, reforzó la cercanía del dúo con el público. Con la escena despejada llegó Thunderbird, grabada en los estudios de Dan Auerbach, desplegando ese sonido cálido y expansivo que la caracteriza. El melocotonazo Low Sun mantuvo la atmósfera en suspensión, aunque ni siquiera consiguió que las cotorras de conciertos se callaran.

El concierto tomó un giro cinematográfico con El bueno y el malo, un tema que parece sacado de un duelo al amanecer. El público respondió con un murmullo de emoción, como si todos hubieran desenfundado un revólver imaginario. Después llegó el viaje al Perú con Cumbia Lunar, donde la psicodelia se mezcló con ritmos andinos en un momento de pura expansión sonora.

El dúo enlazó un medley de Hijos del sol antes de detenerse para dedicar Chicos tristes a su madre y su hermana, presentes en la sala. Fue uno de los instantes más íntimos de la noche, un puente emocional que conectó familia, música y público. Llegó entonces la presentación del nuevo álbum, un momento esperado por muchos. Canto Andino  desplegó su majestuosidad, seguida del estreno en directo de Los Andes, recibida con una ovación merecida. Los Ojos del cóndor continuó elevando el vuelo, llevando el sonido del dúo a otro nivel, más amplio, más cósmico. La Riviera respondió con entusiasmo, consciente de estar presenciando un punto de inflexión en su repertorio.

La genial Los 3 hermanos consiguió que el público acompañara el ritmo con palmas, creando una comunión colectiva que llenó la sala. Después llegó Journal, compuesta junto a Jack Johnson, un tema que aportó un toque más cálido y playero al set. El cierre del concierto llegó con Esperanza, que hizo bailar a La Riviera con una suavidad inesperada, como si el viaje desembocara finalmente en una celebración tranquila. Para el bis, los hermanos guardaron un momento especial. Estevan le regaló a Alejandro una camiseta del Real Madrid, gesto que desató aplausos y sonrisas en toda la sala. Y para cerrar, El desierto puso el broche final: un tema que resume todo lo que son, un paisaje sonoro que avanza lento, inmenso, eterno.

Hermanos Gutiérrez demostraron que no necesitan artificios para llenar una sala: su música es suficiente. Construyen mundos, dibujan rutas, levantan cordilleras con dos guitarras y una sensibilidad única. Son como Ecuador: camaleónicos, capaces de cambiar de paisaje sin perder su esencia, y tan únicos como el hermoso piquero de patas azules, esa criatura imposible que solo puede existir en un lugar donde la naturaleza decide ser extraordinaria.