Crónica y fotos: Sergio García Lavilla

El único concierto fuera del Reino Unido, que la banda virtual de Damon Albarn ofrecía en 2026, celebrando los 25 años de su creación, recayó dentro del nuevo Festival Pulse of Gaia en Madrid.

Hacia meses que habían sido anunciados dentro de un misterioso festival, que hasta el último momento no tenía un sitio fijo ni se sabía la tipología del mismo, pero que simplemente la presencia de los británicos era más que suficiente para vender las más de 17 mil entradas en el emplazamiento final (Universidad Autónoma de Madrid) que, a mi parecer, no fue el adecuado por varios motivos.

Partiendo de la mala gestión de la entrada con colas kilométricas, en las que “listos” intentaban colarse, provocando situaciones tensas, impidiendo a gente con Early Pass entrar por pasarse 10 minutos (7:10) cuando llevaban esperando más de 30 minutos por la lentitud de los cacheos y verificaciones de QR. Dentro tampoco era muy alentador, con un solo puesto de comida, pocos baños, un solo punto de hidratación, planchas extrañas que se hundían y hacían que andar fuese complicado, un segundo escenario en un campo de tierra, que generaba polvo que hacia imposible respirar en muchos momentos, un merchan que tenías que ver la camiseta con prismáticos si conseguías pasar por encima de decenas de personas…..pero bueno, íbamos a ver a Gorillaz y daba todo un poco igual (si no llega a ser Gorillaz……)

Vamos al lio, después de entrar tras casi 20 minutos (recuerdos primer Mad Cool en Valdebebas) me dirigí a ver un poco el recinto y estaba el británico Klaverson en el escenario principal, mezclando con influencias de Massive Attack, James Blake e incluso Boards of Canada, mientras la gente iba tomando posiciones.

Antes de llegar a Gorillaz nos amenizó la espera Thundercat, el proyecto musical de Stephen Lee Bruner, en el que el jazz-fusión marca la línea instrumental, con una maestría en el manejo del bajo de seis cuerdas, que nos dejó momentos de muchos kilates (aunque no muy bien entendidos por el público). Temas como Candlelight, Overseas, Walking on the Moon o Children of the Baked Potato sonaron mientras se acababa de llenar de seguidores de Gorillaz. Me gustaría verlo en una sala para poder disfrutar un poco más de su virtuosismo.

La Dj Erez era la encargada de amenizar la hora previa a Gorillaz, momentos en los que la gente aprovechaba para rellenar cerveza e intentar comer algo (misión imposible), para coger la mejor posición para Gorillaz.

Era el turno de Gorillaz, explosión al ver tomar posiciones a la banda, sonando los gritos “Hello, hello, is anyone there?” de M1A1 que nos recuerdan la película de Romero de El Dia de los Muertos, en un estallido de euforia de los casi 17 mil asistentes (móvil en mano) en lo que sería el inicio de algo que es difícil explicar con palabras. Sonido perfecto, audiovisuales rozando la perfección, iluminación perfecta, preveía una noche que no dejó indiferente a nadie, toda una experiencia audiovisual al alcance de muy pocos grupos (Pink Floyd).

El núcleo central giró en torno a Demon Days (2005) y Gorillaz (2001) en los que temas como Dirty Harry con Booty Brown, Feel Good con Postnuos de De la Soul, la intro de piano de Albarn en O Green World, la rockera White Light, el soniquete de videojuego de 19-2000 con reinicio en su segunda parte, On Melancholy Hill que unido al audiovisual de submarinos te llevaba a la profundidad del mar al más estilo Moby con Porcelain.

También tuvimos tiempo para ver The Happy Dictator como adelanto de su nuevo trabajo que saldrá en 2026, pero esta vez con Sparks en modo virtual, que lleva por título The Mountain. Hubo tiempo para que Trueno (aka Mateo Palacios) hiciese un duo en The Manifesto en lo que será parte también de su noveno LP.

Como cierre de la noche (la hora y media de contrato) no podía ser otra que Clint Eastwood, que sonó en su versión original, con Damon usando una melódica para arrancar el tema, extendido en un reprís de la mano de Sweetie Irie haciendo saltar y gritar a un público que no quería que terminase el show.

Tras esto una ligera despedida de Damon que quedó algo fría pero que no empañó el brutal concierto que acabábamos de presenciar.

A partir de aquí se vació el recinto, quedando un par de Djs que amenizarían a los que quisieron alargar un poco la noche, destacando Kevin de Vries para cerrar el Festival.

A modo de resumen podemos decir que el concierto de Gorillaz mereció la pena, algo único que hay que ver, con un sonido espectacular y un repertorio exquisito. El resto…pues muy mejorable en todos los aspectos…pero quien sabe…de los errores se aprende.