✍️ Crónica: Mercedes Márquez / 📷 Fotos: Sergio García Lavilla

 

La voz que encendió la Primavera Árabe Emel Mathlouthi (Túnez, 1982) aterriza en Madrid en el Café Berlín (Houston Party) en la gira presentación de su cuarto álbum, MRA (Mujer en árabe), con el que firma un deslumbrante y fiero manifiesto feminista decolonial que rompe de raíz con las etiquetas del world music tradicional. Regresa con una producción expansiva, combativa y marcadamente contemporánea, concebida exclusivamente junto a mujeres creadoras de diversos rincones del planeta (Camelia Jordana o Alyona), entrelazando su imponente registro vocal con bases electrónicas pesadas y ritmos urbanos globales.

En medio de la Semana del Orgullo y coincidiendo con el partido España-Austria del Mundial, quedaba un pequeño reducto en Madrid, cual aldea gala, donde los amantes de la música nos refugiamos de tanta locura social muchas veces por mero postureo.

Con un Sold Out colgado desde hacia semanas, el café Berlín se fue llenando rápidamente de un público muy heterogéneo y multicultural, con una amplia mayoría femenina. La noche prometía ser un ritual de transformación, sus directos colonizan el espacio con su vulnerabilidad, su electrónica abrasiva y esa garganta privilegiada capaz de hacer temblar los cimientos de cualquier recinto

Con un ligero retraso sobre la hora de inicio (que posteriormente hizo que tuvieran que renunciar a un tema del encore), la noche arrancó bajo una penumbra rota solo por destellos estroboscópicos de luz blanca.

Sonaron los primeros acordes mecánicos de Braibtek, una obertura densa, con bases electrónicas pesadas que envolvieron la sala de inmediato. Casi sin dar respiro, la percusión tradicional mutada en trip-hop de Tmannit inundó el espacio, mientras la artista se movía con una teatralidad felina, usando su cuerpo como un canal de expresión que recordaba a sus tempranas influencias del rock y el metal. Con Footsteps, las texturas electrónicas se volvieron más minimalistas, cediendo todo el protagonismo a una interpretación vocal que cortaba la respiración, mientras íbamos pasando de penumbras de luces rojas a claridad con luces blancas en un tránsito hacia la luz.

El bloque central del repertorio mostró la cara más contemporánea y combativa de la tunecina, muy influenciada por su último trabajo, donde temas como Lose My Mind, seguida inmediatamente por la abrasiva Nar, donde los ritmos industriales y las distorsiones electrónicas (Björk o Massive Attack) convirtieron la pista en una pista de baile, antes de arrancar con L’amour.

El tramo final del set principal nos devolvió a la Emel más introspectiva y mística donde Mazel sonó expansiva y mística, un puente perfecto para la llegada de uno de los momentos más esperados de la noche Holm. En cuanto sonaron las primeras notas, la sala al completo se puso a cantar junto a Emel, cual oración laica, acompañada por una cantante palestina en un dueto mágico, casi como un Sueño (Holm) mientras se sumergía entre el público que estaba en un trance distópico. La intensidad volvió a subir con Souty y la rítmica hipnótica de Thamlathon, canciones donde el folclor magrebí y las percusiones digitales se trenzaron en un trance colectivo, mientras que con Ma Ikit el concierto alcanzó su clímax rítmico, mientras Emel parecía una heroína dirigiendo a la multitud con los brazos abiertos mientras la electrónica estallaba a su alrededor.

Debido al tiempo perdido en el inicio no se retiraron del escenario pero comunicaron que se saltaban dos temas (al final solo fue uno), atacando directamente Kelmti Horra (Mi palabra es libre), despojada de la tiara que lució durante todo el concierto, recreando la solemnidad con la que interpretó este mismo himno en la ceremonia del Premio Nobel de la Paz en 2015. La voz de Emel se elevó, poderosa, nítida y desafiante, cantando sobre los oprimidos, los secretos de los que no tienen miedo y el amanecer de los libres.

La última fue un tema a capella tras desconectar la sala el sonido, lo que hizo un final épico, que nos indicaba que no habíamos asistido simplemente a la presentación de una serie de canciones, sino a un manifiesto estético, político y humano de una artista indispensable para entender el sonido global del siglo XXI.