Fotos: Sergio García Lavilla / Crónica: Mercedes Márquez

 

Ellis Dickson, el cerebro detrás de ELLiS·D, nos trae su último trabajo Spill (2025), donde el glam-punk, el post-punk de tintes góticos y el krautrock, construyen un universo muy Bowie, aunque con la crudeza de Nick Cave y la psicodelia frenética de Oh Sees.

Reconocido originalmente en la efervescente escena de Brighton como uno de sus baterías más creativos y solicitados, perteneciendo al grupo revelación FAT DOG, Dickson sintió la necesidad vital de explorar una expresión artística sin ataduras. Multiinstrumentista autodidacta y mutante por naturaleza, su discografía es un manifiesto de DIY y constante evolución: desde sus primeros singles y el aclamado EP II (2022), pasando por el visceral álbum de estudio Hullo, Reality! (2023), hasta su más reciente y afilado trabajo.

La cita es en la Sala Siroco de la mano de Houston Party que pese a ser un lunes presentaba una buena entrada. El público, una amalgama de nostálgicos del punk, jóvenes devotos de la nueva ola art-punk y curiosos atraídos por las feroces reseñas de sus directos en el Reino Unido esperaban con expectación.

Sin teloneros y con algún desajuste inicial, en el que salieron al escenario y el técnico de la sala no estaba para quitar la música ambiente (se volvieron a meter al camerino), volvieron a tomar el escenario, la banda de directo que acompaña a Dickson, capitaneada por su guitarrista y productor de confianza, Maximilian, toma posiciones bajo una luz roja, que no quitaron en todo el bolo junto con un humo bastante espeso que impedían en muchos casos ver a miembros de la banda.

Un segundo después, Ellis Dickson irrumpe en escena, una silueta andrógina y magnética que evoca la teatralidad de Ezra Furman y el peligro elegante de la era Let Love In de Nick Cave.

Con la mirada fija en el horizonte, Dickson no saluda, no lo necesita, agarra el pie de micro como si fuera un arma y el caos se desata. El concierto arranca sin anestesia con los primeros compases de Chasing the Blue, seguida inmediatamente por la demoledora crudeza de Humdrum. Un latido de krautrock hipnótico, a la vez que Dickson se mueve con una elasticidad maníaca, cantando con un desgarro que araña las paredes, pasando de un susurro amenazante a un alarido de puro desespero post-punk.

El torrente de Voyeaur, el bajo distorsionado de I Want you to Know, la progresiva Insect emulando a The Cure, donde el punk muta en una psicodelia pesada y espacial, un torbellino de fuzz donde los ecos de Ty Segall se entrelazan con melodías pop oscuras y adictivas.

El concierto se escapa de las manos a una velocidad endiablada, el viaje claustrofóbico con improvisación desquiciada de guitarra y sintetizadores en Shake Down, y la intimista Solace, dan paso a una de las joyas de su último trabajo Drifting, con descenso entre el público y pogueo con guitarra incluida, todo un espectáculo heredado de su proyecto paralelo en la batería de Fat Dog alargada casi hasta los 10 minutos mientras presentaba la banda.

Ellis Dickson deja caer el micrófono al suelo con un golpe seco que reverbera en los altavoces para terminar el show, mirando al público por última vez con una sonrisa exhausta y desafiante, mientras abandonaba el escenario sin mirar atrás.

En la sala queda el olor a sudor, el pitido persistente en los oídos y la certeza absoluta de haber sido testigos del directo de uno de los artistas más peligrosos, camaleónicos e imprescindibles del rock alternativo actual