Crónica: Victor Robi

 

Dentro del ciclo Jaguar de Intromúsica, Curtis Harding apareció y Out in the Black abrió la puerta: la sala dejó de ser sala y se convirtió en un cuerpo único, dispuesto a seguir cualquier latido que él quisiera marcar.

Banh Me y Time fueron el calentamiento de un hechizo. Curtis avanzaba con esa elegancia suya, como si cada gesto tuviera un peso exacto, como si supiera que la belleza —esa que a veces se esconde— estaba a punto de hacerse concierto. Con The Power y True Love Can’t Be Blind, la banda empezó a trazar un territorio donde el soul se volvía materia viva, y Felt It Inside terminó de aflojar las últimas resistencias: ya nadie estaba quieto.

Entonces llegó There She Goes, y la noche se abrió del todo. Pero el verdadero punto de inflexión fue I Won’t Let You Down: Curtis consiguió que toda la sala bailara, como si hubiera encontrado el interruptor secreto que enciende los cuerpos. No era solo ritmo; era una confianza compartida, una promesa hecha canción.

Con On and On, la fiesta se volvió literal: Curtis cogió la pandereta y la energía se desbordó, traspasando el escenario, rebotando en las paredes, multiplicándose. Till the End y Can’t Hide mantuvieron el pulso, pero Next Time añadió algo más: unas palmas que parecían venir de un ritual antiguo, un latido colectivo que él dirigía como un reloj perfecto, marcando el ritmo exacto al que debían moverse los pies.

Explore y Go as You Are fueron un puente hacia lo que vendría: una subida lenta, luminosa. Y entonces, Heaven’s on the Other Side montó una fiesta sin techo posible. La sala volvió a mover las caderas sin pensarlo, como si la gravedad hubiera decidido ausentarse un momento.

La locura llegó con Wednesday Morning Atonement: un estallido, una liberación, un grito sin palabras. Y cuando parecía que ya no quedaba más por desatar, Need Your Love cerró la parte final como un melocotonazo perfecto, dulce y vibrante, dejando a todos suspendidos en ese segundo donde la música todavía vibra en el pecho.

El bis empezó tímido: The Drive fue un regreso suave, casi un suspiro. Pero Keep On Shining encendió otra vez la chispa, animando a todo el mundo, devolviendo el brillo a los ojos. Y entonces, Hopeful: un cierre espectacular, una caricia eléctrica, un recordatorio de que Curtis Harding no solo canta, sino que construye refugios.

La noche dejó una conclusión clara: Curtis Harding ofreció un directo que convirtió el soul en un espacio de conexión inmediata. Su dominio del escenario y la energía de cada tema construyeron un refugio compartido, un lugar donde la música se vivió con intensidad y propósito. Por unas horas, Madrid fue territorio Harding.