Fotos: Sergio García Lavilla / Crónica: Mercedes Márquez

 

Antes de recalar en el Festival de Azkena, Corrosion of Conformity (C.O.C.), se dejaban caer por la Sala Mon de la mano de Last Tour. La banda estadounidense formada en 1982, nacida en los márgenes del hardcore punk más acelerado y combativo, evolucionó drásticamente en los años noventa con la llegada del vocalista y guitarrista Pepper Keenan.

Abrazando un sonido mucho más denso, se convirtieron en pioneros del sludge metal y referentes absolutos del stoner rock de tinte sureño. Su obra cumbre, Deliverance (1994), definió su identidad, riffs monolíticos y pantanosos, la herencia pesada de Black Sabbath y una actitud puramente urbana que los mantiene como una leyenda viva del rock alternativo.

La atmósfera en la madrileña Sala Mon ya anticipaba lo que es la actual etapa de la banda, una comunión perfecta entre el sludge denso de los noventa y ese groove sureño, sucio y pantanoso impulsado por el carisma desértico de Keenan.

Sin grandes artificios visuales, la banda saltó al escenario con el único propósito de derribar las paredes a base de volumen y riffs monolíticos. El arranque fue demoledor con Asleep on the Killing Floor, un mazazo de tempo lento que sirvió para ajustar el grosor de las guitarras, enlazado de inmediato con My Grain, donde la batería marcó ese trote pesado tan característico del metal alternativo de finales de siglo.

Tras reajustar alguna salida de amplificador y con la sala llena de seguidores a ritmo de headbanging, la banda metió una marcha más, con Who’s Got the Fire y la cadencia machacona de Seven Days. Keenan domina los tempos del directo, y en Madrid quedó claro, su voz rasgada y grasienta sigue cortando el aire con la misma actitud callejera de siempre.

Tras el interludio denso de Lose Yourself y la crudeza rítmica de You or Me, llegó uno de los bloques más aplaudidos de la noche con Diablo Blvd, un corte puramente instrumental y humeante que sirvió de puente perfecto. La psicodelia oscura y densa se apoderó del espacio con los acordes de 13 Angels, un respiro sombrío antes de encarar el tramo final a tumba abierta. Baad Man, la visceral Born Again for the Last Time y el stoner acelerado de Gimme Some Moore prepararon el terreno para el clímax del set principal.

La despedida pre bises vino de la mano de Vote With a Bullet, el himno político de la banda, donde la sala estalló en un coro unánime. El riff principal de este tema, seco y cortante, sonó tan relevante y colosal como cuando se grabó en el legendario Blind.

El éxtasis final tras una ligera espera, la banda se guardó sus dos mayores bombas comerciales y emocionales, extraídas de su obra cumbre, Deliverance (1994)

Albatross extendió sus alas con ese blues metalizado que transporta directamente a los pantanos de Carolina del Norte, alargando los solos de guitarra en una jam session asfixiante y perfecta. Terminando con Clean My Wounds, que desató la locura definitiva, cuyo riff contagioso puso a botar a toda la sala, cerrando una velada de puro rock pesado donde C.O.C. demostró que no necesitan rejuvenecer su propuesta porque el peso de su legado sigue siendo imbatible.

Sudor, mosh pits, headbanging hicieron que el concierto de COC fuera más allá de un simple bolo.