Crónica: @mr.barciela
Pocas figuras de la música popular conservan el prestigio y la influencia de Caetano Veloso. A sus 83 años, el músico bahiano sigue siendo uno de los grandes referentes de la cultura brasileña desde que revolucionara la escena de su país a finales de los años sesenta como uno de los impulsores del Tropicalismo.
Su biografía está marcada también por el exilio. Detenido por la dictadura militar brasileña en 1968, se vio obligado a abandonar su país y establecerse en Europa, una etapa en la que comenzó a estrechar lazos con España. Desde entonces, Madrid se ha convertido en una de sus plazas más fieles, una ciudad a la que ha regresado de forma constante durante más de tres décadas.
Dentro de esa relación especial con el público español se enmarca su actuación del pasado 4 de junio en el Movistar Arena, única parada en España de su actual gira, un reencuentro que sabe a despedida, de una de las voces fundamentales de la música latinoamericana ante un público que nunca ha dejado de acompañarle.
Con apenas diez minutos de retraso, de esos que una gran figura puede permitirse mientras los últimos asistentes ocupan sus localidades, vencen al tráfico o aprovechan para reencontrarse entre las butacas, el artista brasileño se hizo esperar. Nadie quiso perderse la cita. Entre el público pudieron verse numerosas caras conocidas del ámbito cultural y musical, cuya presencia merecerá un capítulo aparte.
Con las luces ya apagadas y el pabellón sumido en la oscuridad, los músicos comenzaron a ocupar sus posiciones sobre el escenario. En el centro destacaba una pequeña plataforma cuadrada, austera y elegante. Entonces apareció él. Al fondo, una silueta vestida con camisa amarilla y pantalón azul avanzó entre una ovación cargada de cariño, admiración y respeto.

Acompañado por una banda excepcional, formada por contrabajo, guitarra, batería, percusión y una sólida sección de metales, Caetano eligió como segundo tema «Gente», una canción que, lejos de perder vigencia, parece ganar significado con el paso del tiempo. Su letra, dedicada a la gente común y a la importancia de lo cotidiano, resonó con especial fuerza en unos tiempos en los que lo esencial parece quedar con demasiada frecuencia en un segundo plano.
La emoción continuó con «Vaca Profana», que dejó uno de los momentos más celebrados de la noche cuando el artista entonó el verso «Segue a movida madrileña». El guiño desató una ovación cómplice y confirmó, una vez más, la estrecha relación que Caetano mantiene con Madrid. Aunque gran parte de los asistentes pertenecían a las comunidades brasileña y portuguesa, también fueron muchos los seguidores españoles que acudieron a la cita, reflejo de una conexión que trasciende idiomas, generaciones y fronteras.
La velada continuó con «Cajuína», uno de los primeros momentos en los que el público se animó a acompañar a Caetano con los coros. Hasta entonces, la audiencia parecía debatirse entre la timidez y el respeto, pero poco a poco fue dejándose llevar por el concierto, respondiendo a cada gesto del artista y entregándose a una música que acabaría poniendo a buena parte del recinto en pie.
Tras la canción llegaron las primeras palabras de la noche. «Qué belleza Madrid, y toda la gente que está aquí. Solo quiero dar besos», confesó un emocionado Veloso, antes de añadir una reflexión que sirvió también para contextualizar parte del repertorio, «Las canciones que están en este show tratan de cosas que no son bellas en el mundo, pero así seguimos». Una frase que remitía inevitablemente a un panorama internacional marcado por guerras, conflictos e injusticias. A continuación interpretó «Anjos Tronchos» y «Eclipse Oculto», profundizando en esa mirada crítica y a la vez esperanzada que atraviesa buena parte de su obra.
Con «Sozinho» llegó uno de los momentos más íntimos y emotivos de la noche. La interpretación de Caetano, solo con su guitarra y su voz, convirtió el tema compuesto por Peninha, aunque ya inseparable de la figura de Veloso, en un instante de comunión colectiva, con todo el pabellón cantando al unísono. La emoción tuvo continuidad con «Cucurrucucú Paloma», la célebre versión que el artista inmortalizó en la película «Hable con ella», de Pedro Almodóvar, un regalo para el público español que fue recibido con una cálida ovación y que volvió a demostrar la capacidad de Caetano para convertir cada canción en un momento de conexión absoluta con su audiencia.
A partir de ese momento, el concierto pareció entrar en una segunda fase. Si hasta entonces la escucha había sido más contemplativa, el repertorio comenzó a invitar al movimiento y el público pasó más tiempo de pie que sentado. Temas como «Um Baiana», «Não Enche», «Queixa» o «Desde que o Samba é Samba» desataron el entusiasmo de los asistentes, transformando por momentos el pabellón en una auténtica pista de baile. Entre pasillos y espacios libres surgieron parejas que se dejaron llevar por el ritmo brasileño, en una celebración tan espontánea como contagiosa. El clásico «É Hoje» puso el broche al repertorio principal antes de que Caetano abandonara momentáneamente el escenario, dejando al público preparado para los bises finales.
De regreso al escenario y recibido por una atronadora ovación, Caetano Veloso se guardaba un último regalo para el público, «Odara». Con los brazos abiertos, en un gesto que parecía reunir abrazo, despedida y agradecimiento, el artista cerró una noche cargada de emoción y complicidad. Tras más de seis décadas de carrera, el músico brasileño volvió a demostrar por qué sigue siendo una figura irrepetible de la música popular. Madrid le despidió en pie, consciente de haber asistido a algo más que un concierto, a uno de esos momentos que permanecen en la memoria mucho después de que se apaguen las luces del escenario.





