Tres décadas después de redefinir las costuras del rock alternativo, ‘Mellon Collie and the Infinite Sadness’ regresó a Madrid reconvertido en una monumental suite sinfónica. En la segunda de sus noches consecutivas en el Palacio Vistalegre, Billy Corgan firmó una de las propuestas más arriesgadas de su trayectoria: ceder el peso instrumental de su obra maestra a una orquesta completa y reservarse el micrófono para apenas cinco intervenciones puntuales. Un arriesgado giro que tomó por sorpresa —y encendió la indignación de algunos— quienes esperaban que el líder de The Smashing Pumpkins liderara cada una de las piezas de esa noche.
El viaje comenzó desde el respeto y el silencio. Las cuerdas de la pieza homónima, «Mellon Collie and the Infinite Sadness», abrieron de par en par el baúl emocional de toda una generación. Sin dar tregua, la orquesta desnudó «Tonight, Tonight» en clave instrumental acompañado de tenores y barítonos que ejercían las partes vocales. La distorsión noventera de «Jellybelly» se transformó en un implacable vendaval de vientos y percusiones, amansándose después en las mareas melancólicas de «Galapogos». Fue entonces cuando la figura de Billy Corgan irrumpió por primera vez en escena: su timbre inconfundible, curtido por el paso de los años, elevó «Thirty-Three» y desató la primera gran ovación de la velada.

Tras ese destello de intimidad, el líder de Chicago se retiró a la penumbra para dejar fluir la delicadeza de «Beautiful» y el crescendo solemne de «Muzzle», donde los violonchelos asumieron la voz cantante. Tras los pasajes de «Lily (My One and Only)» y «Stumbleine», Corgan reapareció para encarar «Zero». El célebre riff que definió a los noventa renació apoyado en las cuerdas más graves, sobre las que el vocalista proyectó su célebre declaración de nihilismo generacional con la misma acidez y convicción de antaño. La compleja y majestuosa «Thru the Eyes of Ruby» se encargó de sellar el primer acto.
Tras el receso, el segundo pase nos sumergió en la penumbra con «In the Arms of Sleep». Uno de los momentos más esperados de la noche llegó cuando Corgan regresó al frente para entonar «1979»: bastaron los primeros compases orquestados para congelar el tiempo en Vistalegre y celebrar esa juventud eterna que la canción lleva grabada a fuego. El repertorio transitó entre «By Starlight», la contundencia de «X.Y.U.», la magnífica reinterpretación de «Bullet With Butterfly Wings» y la desnudez orgánica de «To Forgive», con Corgan regalando otra de sus esperadas apariciones. Finalmente, la delicadeza de «Cupid de Locke» y la inmensidad paisajística de «Porcelina of the Vast Oceans» levantaron una catedral sonora para el cierre definitivo: Corgan tomó de nuevo el micrófono en una maravillosa versión de «Tonight, Tonight» que nos puso los pelos de punta.
Y con esto nos volvimos a casa con la sensación de haber asistido a algo único y diferente, pero que a su vez nos dejaba algo vacíos por las escasas apariciones de Billy Corgan.





